El alpinismo como filosofía de vida

Los libros de César Pérez de Tudela son verdaderos manuales de escalada y ejemplos de filosofía de vida. En la imagen, los últimos: su autobiografía «Al filo de la escalada» (2016), el ensayo «¿Era necesario morir?» (2015) y «Patagonia, tierra de gigantes» (2010), obra que relata la muerte de Fernando Martínez en la Tierra del Fuego. Al fondo el macizo helado del Monte Sarmiento, con sus 2,4 km de altura.

Como señalaba en el artículo precedente, otro gallo me hubiera cantado en aquellos célebres años setenta, frontera del viejo régimen y los albores de la democracia en España, de haber aprendido a escalar montañas como Dios manda, con un curso completo como los que ofrece La Roda durante el estío. Sin escuelas asequibles, tuve que desbravarme en los pedruscos de la sierra madrileña a base de trompazos, lo que me impidió coger confianza y técnica para progresar adecuadamente en tan extraordinaria y formativa disciplina, abierta a un mundo de horizontes tan bellos como inaccesibles. Nuestro pueblo, a pesar de estar anclado como un navío medieval en mitad de la llanura manchega, ha promocionado esta y otras disciplinas a través del Club Polideportivo La Roda, que ha dado campeones internacionales tan relevantes como el tenista Guillermo García López, el triatleta David Castro Fajardo, la atleta María José de Toro, el golfista y ex futbolista Miguel Peraile Tinaut, etc. Y en esto de la escalada, gracias a la escuela de montaña, nos ha legado unos cuantos rodenses sobresalientes, como Juan Erans y Tirso Cortijo, con cuya odisea en el Aconcagua concluiré esta miniserie de cuatro capítulos dedicada al alpinismo.

No son los únicos ni serán los últimos. La Roda dio al mundo en siglos pasados notables trotamundos, exploradores intrépidos, avezados navegantes, canónigos aventureros, soldados gloriosos y héroes que combatieron en mil y una batallas en los rincones más remotos de la tierra. Los tiempos han cambiado y hoy los guerreros modernos son los deportistas del siglo XXI, que ya no esgrimen armas rudimentarias ni se desplazan en galeras para conquistar y reconquistar tierras o convertir almas descarriadas a la fe verdadera, sino que sus razones son otras más idílicas y espirituales, menos belicosas y territoriales, y tanto los estímulos que inspiran su acción como los dispositivos altamente tecnológicos que usan para aproximarse a sus elevadas metas son estrictamente deportivos. Dicho esto en sentido literal, pero también metafórico cuando hablamos de alcanzar las más altas cimas: de la tierra y de la vida.

Mi afición a la montaña –como la de tantos otros pipiolos, esto ya se dijo– se había desatado con fuerza gracias al alcance mediático de las sonadas hazañas de César Pérez de Tudela, el padre del alpinismo ibérico, cuya literatura inundó los medios de comunicación en esa década clave en el devenir histórico de España, abriéndonos a los chavales inquietos y con ganas de mundo la puerta de una nueva, elevada y gélida dimensión deportiva que resultó tan emocionante, física y espiritualmente, que nos subyugó por completo, pues descubrimos una causa gregaria basada en la amistad en la que era necesario sacar a relucir el valor de cada uno para afrontar colectivamente los peligros que acechan en la naturaleza salvaje de las altas montañas y sus cimas heladas: humildad, esfuerzo, ansias de superación personal, espíritu de lucha, capacidad de sacrificio y voluntad inquebrantable en la victoria. El Nobel don Camilo decía que «la voluntad es la herramienta del éxito e ingrediente de mayor importancia que la inteligencia».

Más que un deporte

En mi caso, el ejemplo del maestro vino a reforzarlo con clavijas sacacorchos Fernando Martínez Pérez, al que conocí en 1975 cuando entré a trabajar de botones en la revista Carreteras, que editaba la Asociación Española de la Carretera, de la que el actual presidente del Real Madrid y de la constructora ACS, Florentino Pérez, con veintiocho años, era director general. El staff de la revista lo conformaban nombres afamados de dibujantes como Forges, Máximo, Saltés, Amechazurra, Ortuño… artistas de la pluma como Francisco Umbral, Joaquín Merino, Tico Medina, Antonio D. Olano, Jesús Torbado, César Santos Fontenla, Luis Mateo Díez… fotógrafos como Mario Pacheco, Alejandro Pascual, Ángel Carchenilla, Carlos Corcho y el propio Fernando Martínez… diseñadores como Juan Espejo y Manolo Pascual… y especialistas del motor como Paco Costas, Jorge del Corral, José Ramón García Inchorbe, Julio Sainz de la Maza, etc… Como redactor-jefe figuraba José Antonio Artero Romero y redactores fijos eran su primo Antonio Romero Rabadán y José Felipe Alonso y Fernández-Checa; el director de publicidad era José María Infante Calafat. La nómina hubiera estado completa del todo con el propio Pérez de Tudela, pero ese año andaba de enviado especial en la Guerra de Vietnam.

Había talentos de sobra en aquella revista como para sacar adelante un imperio editorial. Y todo gracias a la arrolladora personalidad, la batuta magistral y la capacidad de cohesión del gran periodista que fue José Luis Gutiérrez Suárez, conocido en los mentideros mediáticos como el «Guti», que llegaría a dirigir Diario16. El Guti, nombrado por Florentino Pérez director de aquella revista de venta en kioscos dedicada al automóvil, los aglutinó a todos con su don de gentes, su reciedumbre de estirpe leonesa y su formidable presencia de oso grizzly. Era tan extrovertido, dinámico, perseverante, ditirámbico y escandaloso que volvía loco al más cuerdo, como era el caso de la secretaria de redacción, Paloma Lacort Fernández, reposada, estoica y pinturera damisela que se las veía negras para torear con las exigencias de todo el mundo y combinarlas con las estrafalarias órdenes del jefe y su disparatada agenda, pues el Guti vivía el periodismo al límite y las veinticuatro horas del día y ya andaba metido en los intríngulis de la información política, sorteando la censura del agonizante régimen franquista y conspirando en la sombra para crear la prensa libre que habría de alumbrar poco después la Transición.

Gracias a mi natural «nervio», forma física y actitud contrastada de cabra montesa, realizaba con responsabilidad, empeño y tiempo récord el menesteroso trabajo del correveidile –los mensajeros estaban aún por inventar–, lo que no pasó desapercibido para el Guti, que decidió volverme loco a mí también. Me nombró meritorio particular y, en consecuencia y en paralelo a mi ocupación en la revista, tuve que ejercer de leal y discreto embajador de sus quehaceres personales, cosa que nunca agradeceré lo suficiente por lo que aprendí y la gente interesante que tuve la suerte de conocer. Su ejemplo me arrastró por los intrincados derroteros del quinto poder y fue suficiente puntilla el carisma y la profesionalidad ejemplar de José Antonio Artero para que nunca pudiera sustraerme a esa otra escalada infernal que es el periodismo.

La muerte de Fernando Martínez

Fernando Martínez era a la vez reportero de Televisión Española y director adjunto de Chorten, una publicación sobre alpinismo, viajes y exploración geográfica de la que el propio Pérez de Tudela era fundador, propietario y director. Pionera en el mundo de la divulgación del espíritu aventurero e iniciadora de la saga editorial que habría de llegar después, aquella revista me apasionaba (aún conservo en el archivo algunos recortes de la época). Leyendo los artículos de ambos, más los de Jesús González Green, Miguel de la Quadra-Salcedo (fallecido el pasado 20 de mayo), Manu Leguineche, Diego Carcedo y otros insignes miuras del periodismo extremo, no sólo soñaba con mundos remotos y exóticos imposibles de alcanzar para este humilde rodense, sino que asumí aquellas experiencias ajenas como conocimientos propios para orientarme en diversas disciplinas aventureras y en el alpinismo, afición que pronto se vio truncada por un acontecimiento inesperado.

Pese a su juventud, Fernando Martínez era un avezado y veterano montañero, un aguerrido reportero y un trotamundos de categoría –sus compañeros en el grupo de montaña Peñalara le llamaban El brujo–, que había subido ya a los Horcados Rojos, al Naranjo de Bulnes, al Tirich Mir (Hindu Kush), al Cerro Torre y al Aconcagua, en los Andes, casi siempre en cordada con Pérez de Tudela. Le confié mis inquietudes trepadoras y me dio buenos consejos de veterano para emplearme a fondo y sobresalir en la especialidad. Para animarme, un día me dijo: «Cuando estés preparado te llevaré conmigo hasta alguna cumbre importante». No pudo ser porque a los pocos meses, en febrero de 1976, con veintiséis años –yo tenía diecisiete–, su cuerpo quedó sepultado en el hielo de un glacial en la Tierra del Fuego.

De esto hace ya cuarenta años y para recordarle y a modo de homenaje, en la próxima entrega relataré aquella aventura en los confines de la tierra, donde falleció Fernando Martínez escalando una de las cumbres más misteriosas, bellas y difíciles del planeta, el Monte Sarmiento (2.187 y 2.404 metros), precisamente junto a Pérez de Tudela, que salvó el pellejo de milagro y pudo regresar para contarlo. Pocos habían intentado escalar antes aquella mole de piedra y hielo y Fernando figura como su primera víctima. Tan sonada fue la tragedia que todos los periódicos españoles, chilenos y argentinos recogieron la noticia en portada y con grandes titulares.

Pérez de Tudela relató en el diario ABC y en el suplemento Blanco y Negro, en primicia y por capítulos, la desgraciada aventura austral, que recogió después en un libro titulado Tumba de hielo –reeditado hace cinco años con el título Patagonia, tierra de gigantes–. Para mí personalmente fue aquel acontecimiento una verdadera tragedia que me llenó de rabia e impotencia. Tan sobrecogido estuve por la pena que durante un tiempo dejé de ir a la sierra y hasta me planteé si debía seguir el escarpado, ascendente y resbaladizo sendero del alpinismo, tan de moda en ese momento por la repercusión social de las conquistas mundiales de Pérez de Tudela y del italiano Walter Bonatti (la fama de Reinhold Messner llegaría más tarde, cuando en 1978 escaló el Everest sin oxígeno).

Sabía que este deporte era arriesgado, pues los accidentes solían ser frecuentes, yo mismo tuve oportunidades y gente con la que despeñarme, aunque nunca piensas que te va a tocar a ti, pero tener la constancia de una muerte tan cercana fue como un disparo a bocajarro. Pérez de Tudela, en su proverbial ensayo ¿Era necesario morir?, escribió: «En las montañas está el escenario de los grandes dramas y dolores, pero también el lugar de la epopeya». Entre grandes disquisiciones filosóficas desarrolladas en el libro, el autor se pregunta: «¿En qué otra actividad mítico-deportiva hay tanta vida y tanta muerte como en el alpinismo? Solo ello explica sus valores, su inmaterialidad, su mística y al fin su metafísica».

La razón asiste a nuestro valiente profeta del alpinismo patrio y no hay más que leer sus libros y artículos, en los que relata sus espeluznantes vivencias y sus aventuras extremas, recogidas ahora en su recién publicada autobiografía Al límite de la escalada, para darse cuenta de la dimensión heroica que ofrece el alpinismo para quienes alcanzan la gloria de hoyar las cimas señeras de las grandes montañas. Asimismo, el alto arancel en sacrificios humanos que éstas exigen a cambio. A través de las páginas escritas por Pérez de Tudela podemos «sentir» el sufrimiento que precede a la muerte en los picos más altos de las cordilleras insignes, algunos de los cuales son túmulo gigante de quienes por accidente, avalanchas, mal tiempo, colapso o deshidratación, desaparecieron tragados por sus grietas abismales. Otras cimas se hallan salpicadas de cadáveres de quienes en el ascenso no pudieron más y se les quedó congelado el alma mientras recuperaban el resuello, o perecieron de agotamiento en el descenso cuando se les cristalizó el corazón. Estos héroes anónimos, que nadie pudo o se atrevió a rescatar, siguen allí en lo alto sirviendo su carne yerta de hito póstumo para señalizar el camino a otros intrépidos que vengarán su causa si consiguen cumplir el mismo sueño de conquista o caerán igual en el intento.

Juventud, divino tesoro

El caso es que después de la muerte de Fernando Martínez me sobrecogió el ánimo una cobardía atroz e irracional y se desvaneció en mí la pasión por la escalada. Volví a la sierra, pero deserté de las peñas, de las cuerdas y los descuelgues y sólo quise disfrutar de su conjunto, de su naturaleza sagrada, de sus misterios y sus mitos, buscando mi propio refugio interior. Me dio la vena mística, me aislé para pensar solo en la muerte y los compañeros se asustaron. Como no quería ser un lastre, aproveché la excusa de mi marcha al servicio militar para despedirme y entregarles en depósito mis tristes aperos de escalada, a la espera de que resurgiera de nuevo en mí la llamada de las montañas, pero ésta nunca se produjo porque los años, en cuanto te descuidas, te desorientan, te conducen por otras veredas insospechadas, tienden a traicionarte y al fin te acaban dejando tirado como una piltrafa en mitad del camino.

Ni Mahoma fue a la montaña ni la montaña vino a Mahoma. Mi aventura en el pedregal del macizo central se acabó tan de repente como había comenzado. O quizás fuera la tragedia de Fernando Martínez la excusa para justificarme a mí mismo arrumbar este apasionante deporte al trastero del olvido. A pesar de que me gustaban las alturas geológicas y disfrutaba con esos paisajes únicos que te hacen pensar de forma trascendente, para mis débiles y trémulas carnes manchegas el gélido ambiente de la altitud es incompatible con la vida –aquella iniciática excursión en la que casi me congelo dejó huella en mis pies y en mi memoria–. Las paredes montañosas me producen tanto respeto como me ralentiza los movimientos el frío negro que exhalan sus níveas cumbres. Con temperaturas de 10 y 15 grados bajo cero no soy persona, ni humana, ni animal, ni vegetal, ni mineral. La hipotermia me convierte en un bulto escarchado deambulando sin horizonte por un mundo congelado y espectral pidiendo matarile por caridad para librarme del oprobio. Eso sin contar con la sensibilidad de mi ejército bacteriano, que ante el estímulo del frío me ataca con dureza y toda clase de armamento patológico: catarros, faringitis, bronquitis…

Bien cierto es –afirmo en mi descargo–, que aún llevando a modo de estaca de vampiro una espinita clavada en el esternón por mi abandono del alpinismo, contribuyó a restañar la herida la atracción que desde tiempo atrás sentía por otras facetas aventureras a las que pronto me entregué con fuerzas renovadas para seguir enganchado a la adrenalina como en la infancia. Sin olvidar que, terminada la mili e inmersa la sociedad española en la Transición, cuando amanecía la mitificada década de los ochenta con su «movida madrileña», tuve que zambullirme con veinte años en ese otro deporte de altura y castañazo al que la tierna edad obliga y es mejor no dejar para la provecta edad, que es la música bronca, la juerga con los amigotes y la disciplina no menos olímpica de tratar de restregar cebolleta, que en mi caso, debido a mi timidez, era un imposible metafísico.

Aunque todo sea relativo –esto de la relatividad ya lo dijo Einstein–, mirando hacia atrás con una pizca de añoranza y el lastre almacenado en la mochila de la experiencia con todo lo aprendido en unas cuantas décadas de lidiar con el morlaco de la existencia, pienso que cuando se es joven, aunque uno sea tímido como en mi caso, es mejor esforzarse al máximo, con entrega y profesionalidad, en la exploración de señoras, como hacen los ginecólogos; las tierras vírgenes y las altas cumbres conviene explorarlas cuando se está ya maduro como el limonero y se tienen las pelotas duras y curtidas de arrastrarlas por las chumberas, lo que da seguridad y garantías de éxito en cualquier empresa; y, cuando se es mayor… pues entonces hay que evitar que lo único estimulante sea explorar las dolencias propias y quejarse contrastándolas con las ajenas camino de la farmacia. A esto uno no debe resignarse jamás.

Un regalo de los dioses

El alpinismo es tan apasionante –una nimia experiencia de juventud me guía en esta sutil apreciación– porque su esencia es el riesgo, y une al esfuerzo deportivo de superar el reto la sensación única de plantarle cara al miedo y ser dueño de tu propio destino en un entorno tan bello como hostil. Quizás sea la angustia ante el abismo la que produce esa sensación de fragilidad y al tiempo de trascendencia que «se recordará siempre y dejará una huella en el hondón de nuestra alma», como señala en su biografía César Pérez de Tudela, al que ojalá hubiera conocido personalmente hace cuarenta años para neutralizar mi huida de la causa alpinista. «El alpinismo es la escuela de la vida», dijo una vez. Esa escuela que también fomentó el idealismo de Fernando Martínez y se frustró con su trágica muerte. Ocasiones de arrepentirme por dejarlo he tenido a mansalva, y en cada viaje, ante la imponente presencia de montañas picudas y conos volcánicos, he encontrado motivos para ciscarme en mi estampa. Así me ha pasado en Nepal e India y otros países asiáticos como Indonesia, Vietnam o Japón, cuyas islas trazan el cinturón de fuego del Pacífico. Por no contar que cada vez que me asomo extasiado a esa majestuosa obra de la naturaleza que es el Gran Cañón, ese hachazo que una mano gigante asestó en la corteza terrestre hace seis millones de años, pienso ­–con retortijón de tripas– que si hubiera seguido escalando, ahora podría descolgarme por su kilómetro vertical de columnas geológicas hasta el río Colorado.

Pero a Pérez de Tudela le conocí hace apenas tres años en la presentación del libro de un amigo común, Santiago Gómez Pintado, y me pareció que le conocía de toda la vida. Era ese hombre mitocondrial al que yo adoraba en la distancia desde la adolescencia. El hombre que se convirtió en mito porque hizo lo que nunca antes otro hombre hiciera, y pongo tan solo dos ejemplos: el primero, subir tres veces a la cumbre del Aconcagua y sobrevivir en la segunda escalada en solitario y en la primera cuando, en compañía del italiano Walter Bonatti, se perdió y se le dio por muerto tras deambular seis días entre los hielos patagónicos, sin alimentos y medio inconsciente, recorriendo a pie más de un centenar de kilómetros de glaciares y morrenas. El segundo, superar tres infartos en sendas ascensiones a diferentes cumbres (el Everest, en 1992; el Gulap Tengri, en el Tíbet, en 1997; y el Khan Tengri, en Kirguizistán, en 2010): «En una larga noche que nevaba intensamente estuve muriéndome –se dice pronto, pero se muere lentamente– a lo largo de muchas horas, entre un sopor inconsciente lleno de incómoda intranquilidad. La sorpresa llegó al amanecer cuando seguía vivo, aunque maltrecho tras tantas horas de sufrimiento».

Pérez de Tudela es el ave fénix del alpinismo mundial, que ha vivido estados superiores de conciencia: «Estoy vivo después de haber vivido trances que están próximos al misterio más allá del que no es fácil retornar». Es un aventurero con el título honorífico de superviviente nato; carne inmortal renacida de innumerables accidentes mortales; un hombre que nunca le tuvo miedo a la muerte: «He sido indultado una decena de veces, en apartados rincones de la orografía de la Tierra, perdonado in extremis a diferencia de tantos otros, espléndidos compañeros de la ilusión que se quedaron inertes en tantas paredes y glaciares…» (leyendo esto no pude evitar derramar una lágrima por Fernando Martínez).

Que siga vivo a los 76 años, tras medio siglo de escaladas y de haber superado terribles padecimientos, el que fuera icono de toda una generación de jóvenes que quisimos emularle pespunteando con su audacia el perímetro de las montañas y soñamos con alcanzar algún día su sabiduría de druida alpinista para conquistar las cumbres más altas de la tierra, es un auténtico milagro.

Sempiterno depositario de la piedra filosofal del alpinismo, la presencia de César Pérez de Tudela en las cimas que rodean este valle de lágrimas que habitamos todos, es un regalo que los dioses del olimpo deportivo nos conceden a sus fervientes seguidores para que disfrutemos de su ejemplo de hombre libre y nos sirva de infalible guía su humilde, inspiradora, poética, admirable y corajuda vida.

Continuará el próximo viernes con la tragedia de Fernando Martínez en la Tierra del Fuego.