El «crimen» perpetrado por Pedro José Gaona

Pedro José Gaona López entre sus libros. «El maloliente sumario del cadáver hinchado» es el último publicado y supone su primera y notable incursión en el mundo de la novela.

Si uno es más de donde pace que de donde nace, como viene diciendo el vulgo, habrá que convenir que Pedro José Gaona Pérez (Valencia, 1965) es de La Roda porque lleva paciendo en sus pucheros desde hace veinticinco años lo menos. Es más de nuestro pueblo que del ribereño del Mare Nostrum que pintó Sorolla y le vio nacer hace exactamente medio siglo. Lo es por partida doble y hasta triple, porque su madre es rodeña, él se casó con una rodense y, en consecuencia, sus dos hijos son de la muy noble y muy leal villa. Y como todo lo que atañe a La Roda y sus gentes, oriundas o foráneas, especialmente en el aspecto cultural, es susceptible de ser objetivo de mi desgastado escalpelo y mi cerebelo desbastado, aunque no tengo el gusto de conocerle personalmente –así se expresaba mi abuela–, cuando me enteré de la publicación de El maloliente sumario del cadáver hinchado, le pedí a mi prima Marilín que me consiguiera un ejemplar en la librería Avenida. Ahora termino de leerlo de un tirón y he disfrutado como un gorrino en un lodazal, por lo que no me resisto a comentarlo. Con ello sólo pretendo darle las gracias al autor por el rato de buena lectura que me ha procurado. De lo que se estila últimamente en novela negra, es de lo mejorcito que yo haya leído.

Es este el último libro publicado por Gaona –por ahora– y supone su bautismo como novelista, aunque ya apuntaba maneras de fino y jacarandoso narrador en su anterior incursión literaria, de carácter autobiográfica: Ventajas de vivir en La Roda… (y algún que otro inconveniente), un manual breve de usos y costumbres de nuestro pueblo, editado en 2010. Disfruté mucho con su lectura porque narra con incisivo sentido del humor sus experiencias y anécdotas tras su llegada al medio rural, fruto de la sorpresa al contemplar las endogámicas costumbres de la tribu y de la dura adaptación de pasar del anonimato de una gran ciudad al público conocimiento de sus andanzas en el pueblo, si bien no tan pequeño. Este libro lo reescribió hace un año para despojarlo de localismos y ofertarlo a una mayor difusión, para lo que modificó ligeramente el título haciéndolo más genérico: Ventajas de vivir en un pueblo… y algún que otro inconveniente.

Anterior a esta obra es su ópera prima, también autobiográfica, de la que no puedo opinar por no haber tenido ocasión de leerla. Se trata de Aventuras y desventuras de un padre primerizo, donde narra sus peripecias a la hora de formar una familia, pues, como cuenta el propio Gaona en su biografía refiriéndose a este libro, los niños llegaron no sin dificultades: «La infertilidad, el nacimiento de nuestro primer hijo, el cáncer posterior, la llegada de un segundo hijo, éste adoptado, cuando ya habíamos renunciado a ampliar la familia. Y una relación de anécdotas protagonizadas por nuestros hijos en las que describo las trastadas que han ido realizando a lo largo de su infancia».

Sumario hinchado, cadáver maloliente

Con estos mimbres previos y una férrea voluntad de escribano, Gaona se enfrenta a su primera incursión –a lo grande, hay que señalar– en la narrativa de ficción, cuyo fruto es la novela que tengo entre manos. El maloliente sumario del cadáver hinchado es un título, debo decir de pasada, muy llamativo y original, pero también que no le hace justicia al libro. Fruto de un comentario del protagonista, es un titular descriptivo jocundo de una realidad palpable en la novela (aunque el autor juega a la contra porque es el sumario del caso el que está «hinchado» de pruebas falsas y el cadáver, que lleva varios días «cantando» en pleno mes de agosto en La Mancha, es el maloliente), pero da la sensación, antes de abordar su lectura, que acabaremos desternillados a carcajada batiente como en sus anteriores escritos, como en una novela de humor del género hilarante. Y no es así, es mucho más seria la trama que todo eso, aunque el autor disfrace el drama en torno a la investigación de un crimen imprimiendo a los diálogos de los personajes, especialmente el protagonista, ciertas dosis de sarcasmo y esa ironía ácida y provocadora a la que nos tiene acostumbrados en sus sagaces comentarios semanales, publicados bajo el epígrafe Por Gaoneras en el periódico digital Crónica La Roda.

Esta novela, con una extensión de 330 páginas, en realidad fue escrita por Gaona hace cuatro años, y el autor la postuló al certamen de novela Ciudad de Almería 2012, siendo elegida finalista entre las diez mejores del centenar de obras aspirantes al premio, lo que dice mucho de la novela y de su categoría como escritor. Así mismo, fue presentada al público el pasado mes de diciembre en la fábrica de la cerveza artesanal rodense Llanura, para celebrar su segundo aniversario, y lo está petando –que dicen los hipsters en las redes sociales– en Amazon, donde se está consumiendo, tanto en formato papel como digital, como Miguelitos en la Feria de Albacete. Se halla en la lista de los más vendidos de esta plataforma, que cuenta con millares de títulos, ocupando una posición de privilegio entre los veinticinco más solicitados dentro del género de novela negra, policíaca y de suspense. Con motivo del Día del Libro, la semana pasada estuvo Gaona dedicando ejemplares en La Roda

En un lugar de La Mancha llamado Fuenteamarga

—¡Qué pasa Ginés! No parece esta una llamada de cortesía. ¿Ocurre algo?

—Tienes razón, la llamada que efectúo no es de cortesía. He de informarte de que ha aparecido un cadáver. Un maloliente cadáver.

Este breve diálogo, entre el ordenancista sargento de la Guardia Civil y el funcionario pasota del Juzgado de Fuenteamarga, cierra el segundo capítulo de los cuarenta y uno en que se reparte la novela, y supone el inicio de un entramado que va a llevar al lector por senderos insospechados tras el misterio que habrá de resolver el protagonista Roberto Buenahora (¿trasunto o alter ego del autor, convenientemente caricaturizado?), un funcionario de justicia zángano y remolón y con más morro que una cohorte de osos hormigueros, que todos los marrones que llegan al Juzgado se los endilga a su paciente y entregado compañero Pepe –por no hacer, ni coge el teléfono por si le cae algún mandado–. Escoltado por su amigo Andrés, otro cachondo que regenta la funeraria del pueblo, Buenahora, casi sin pretenderlo, se mete en camisa de once varas al investigar por su cuenta y a espaldas de la autoridad –salvo su novia– el caso de la supuesta muerte por sobredosis de un vecino del pueblo, que el funcionario se barrunta ha sido un asesinato. En la investigación, jalonada de pruebas incriminatorias y presuntos culpables, sigue los hilos de su intuición y termina por barajar un mazo de teorías conspirativas haciendo parecer sospechoso a todo titirimundi, hasta el apuntador. Para descubrir al culpable, como es de catón, habrá que elucubrar hasta los últimos pasajes del libro.

Yo, por si acaso, y para evitar confusiones o dar por hecho cosas no probatorias, me permito adelantar, para aquellos lectores interesados, que en esta novela la ausencia de mayordomos es total. Lo que sí hay es un trajín del carajo de la vela. Hay una romería de jueces, forenses, guardiaciviles, funcionarios, autopsias, expedientes, diligencias, ruedas de reconocimiento, indagaciones, declaraciones y un ex drogadicto y antiguo delincuente habitual, Francisco Garcés, que en pleno mes de agosto, con la gente de vacaciones y el Juzgado a medio gas, aparece en su casa muerto –no había de «cantar» el cadáver…–, al poco de regresar al pueblo tras años de ausencia sin que se supiera nada de él.

La acción, relatada de forma aparentemente sencilla, presenta, a mi modo de ver, una compleja elaboración. Transcurre en 2003 entre las localidades de San Antonio del Valle, San Carlos del Buey y Fuenteamarga (¿La Roda quizás?), y entre estas poblaciones se dan muchas idas y venidas de los protagonistas, tantas como recurrentes son los viajes que el autor les obliga a efectuar al pasado para recordar escenas en el presente. Sin entrar en muchas disquisiciones literarias, diré que presenta el relato dos planos narrativos que salpimientan los capítulos que se van sucediendo para complicar la trama: el de un narrador omnisciente (el que todo lo sabe) y nos habla de los sentimientos y las acciones de los personajes y sus pesquisas, y el del narrador protagonista, el funcionario caradura que investiga y nos cuenta a los lectores, a su amigo y a su novia, en primera persona, lo que hace, lo que averigua y lo que pretende.

La Judicatura, un mundo por descubrir

A quien lea la novela no le asaltará ninguna duda: Gaona sabe de qué habla cuando argumenta sobre determinados temas porque bebe de las fuentes de su experiencia como funcionario en la Administración de Justicia, donde lleva trabajando, en el ámbito penal, desde hace tres décadas. Esa experiencia única en juzgados de instrucción le llevó a concebir una novela basada en sus propias vivencias. Pero no sólo se mueve Gaona con gran fidelidad en el plano judicial, sino que adereza el relato con otros escenarios con los que envuelve el devenir de los acontecimientos, como las Fallas de Valencia, ciudad a la que desplaza a los protagonistas como parte de su investigación. Para los que sin ser valencianos hemos sido obstinados falleros durante años, y aún hoy echamos de menos el bombardeo diario y el olor a pólvora quemada, es un placer reconocer los antiguos pasos que por las calles del Turia practicábamos cuando aún el pelo seguía agarrado a la frente creando una suerte de flequillo elegante a modo de pomposo surtidor.

Con estos ingredientes, barajados con habilidad y conveniencia, Gaona ha abierto una veta narrativa con el funcionario Roberto Buenahora que, bien gestionada, le puede llevar por el camino del serial, al estilo del periodista Julio Gálvez, de Martínez Reverte, del detective Pepe Carvalho, de Vázquez Montalbán, o del comisario Salvo Montalbano, creado por el escritor Andrea Camilleri para homenajear precisamente a Vázquez Montalbán.

A mí me gustaría «largar» aquí de lo lindo del proceso narrativo, de los personajes, de la ciencia infusa que ha inspirado al autor, del complejo mundo de la Judicatura que nos descubre y hasta de las pruebas concluyentes que a modo de pistas nada falsas esparce por el texto, etc., pero tampoco voy a chafarle el argumento a los futuros lectores. Por otro lado, uno no sabe si es bueno o malo hacer estos comentarios, porque si alabas en exceso la obra, se defrauda a los lectores a los que no les guste; y si muestras reparos, por un lado decepcionas a las personas que tras haberla leído opinen lo contrario, y por el otro, te ganas la antipatía del autor, su familia, sus amigos y su gato huraño, y hasta puede que te caiga encima un par de sicarios para partirte las piernas.

Gran mérito de la novela

He de decir, en honor a la verdad y sin miedo a encontrarme cualquier día con una cabeza de caballo en la cama, que Gaona ha hecho un meritorio trabajo para entregar al mundo literario este florilegio de andanzas policiales y judiciales creando una historia muy actual ambientada en el ficticio pueblo de Fuenteamarga. En sus páginas esboza ambientes manchegos, se complace en los elementos costumbristas, recorre la geografía rural, se fija en protagonistas bien delineados, a los que dota de caracteres psicológicos cuyas virtudes y defectos recrea en los diálogos, y nos muestra con ironía y sentido del humor el interior, a veces tenebroso y artero, a veces bendito y generoso, de los hombres, donde hay zonas de misterio que la ciencia no ilumina del todo.

En el capítulo de «peros» –no todo es alegría en la casa del pobre–, por ponerle una pega menor –será que me fijo mucho, como los alimoches–, arancel de mi época de editor, he de señalar que se podía haber cuidado algunos aspectos del continente –lógicamente en el libro impreso–, como el sangrado de los márgenes, nada generoso, los guiones cortos en los diálogos, inadecuados, e incluso el papel, manifiestamente mejorable. Quizá la causa se deba a estar impreso fuera de España –la ausencia de créditos y un misterioso Made in USA así parecen indicarlo–, pero no lo sé. Estos defectos, sin embargo, no son achacables al autor, sino al editor. Y, por supuesto, en nada afectan a la entretenida lectura del contenido, que como resulta obvio es en realidad lo que importa. Está muy cuidado en los aspectos formales de la gramática y apenas he detectado erratas. Indico tan nimias deficiencias por mor de la elegancia, pues el libro está siendo un éxito y el autor habrá de emplearse de nuevo en posteriores ediciones; eso si no acaba amparándose en un sello editorial importante para darlo a conocer en cualquier rincón del orbe literario.

Termino animando con manifiesta prodigalidad a la lectura de El maloliente sumario del cadáver hinchado, una novela muy entretenida, ágil e ingeniosa, ideada por un autor que en ella nos deleita con su gracia, su socarronería y su filigrana narrativa. Su consecución le ha debido proporcionar más de un dolor de molondra y demuestra lo que decía el sabio sobre que las ideas nutren el coraje. Bien merece la pena sumergirse en el «crimen» perpetrado por Gaona porque, sin ánimo de exagerar más de lo que la prudencia aconseja y permite el gobernador civil de la provincia, es una obra espléndida, escrita con un lenguaje novelísticamente eficaz, que tiene una más que sobrada solvencia, un grandísimo mérito y está recibiendo elogios muy cualificados de sesudos lectores –a los que me sumo– que han visto en ella virtudes suficientes para encumbrarla.

Creo recordar que fue don Camilo quien dijo que ante una idea –y esta novela es una gran idea–, a quien la tuvo o a quien la glosa sólo le cabe esperar a que pase el tiempo y la fortuna se pronuncie. Para Pedro José Gaona la fortuna ya se ha pronunciado. Con una sonrisa.