De burros y mielgas

César Ángel Martínez Morales
César Ángel Martínez Morales

(César Ángel Martínez Morales)- El pasado mes de diciembre, pude leer en este medio un artículo de Primitivo Fajardo dedicado a los burros. En aquel texto, aparece la siguiente nota: “Me viene a la mente ahora, viendo la foto de la pareja de pollinos, si será verdad la leyenda que en tiempos circuló por La Roda sobre que subieron a un burro a lo alto de la torre de la iglesia –60 metros, la más alta de Albacete– para limpiar la cúspide comiéndose la mielga. Me cuesta creer que lo izaran con cuerdas hasta el campanario, pero me lo contó don Antonio Morales, que se lo dijeron a don Camilo cuando éste vino al pueblo a presidir la Gala Literaria de los juegos florales de 1950…”

La historia, decía que en lo alto de la torre había crecido gran cantidad de mielga y que, al verla, los vecinos idearon subir un burro con una cuerda atada al cuello para que se la comiera. Tirando de la cuerda, el pobre animal llegó cerca con la lengua fuera por el ahogo que sufría, a lo que los allí presentes empezaron a gritar: ¡Mirad como se relame la burra del gusto!

Mi abuelo materno me la contó cuando era niño entre otros dichos y coplejas, y cuando asenté mi residencia en esta villa pregunté sobre ella. La reacción del personal no es que fuera muy grata, una mirada poco amigable recayó sobre mí, luego el silencio y por último el vacío. Así que investigué por mis medios, y descubrí la verdad.

La veracidad de los hechos son más que dudosos, pues este tipo de chascarrillo popular pertenece a un estilo que se denomina PULLA: «Dicho con que indirecta o embozadamente se zahiere. Expresión aguda y picante, dicha con prontitud. Palabra o dicho obsceno.» Las pullas, según Máxime Chevalier, son palabras, dichos, decires de carácter festivo y ofensivo a la vez que circulaban libremente y con relativa frecuencia por la España de Cervantes.

Esta historia en concreto, está extendida por todo el territorio nacional. En la provincia de Madrid se cuenta de Las Rozas, Brunete y Colmenar Viejo; en Burgos de los de Fuentelisendo, en Cuenca de Horcajo de Santiago. En La Nava, provincia de Huelva, el burro fue cambiado por un caballo: “Como el pobre animal pesaba mucho y el nudo fatal de la soga se iba corriendo, cuando llegó al tejado ya estaba ahorcado, y hay quién añade que los habitantes de La Nava, al ver como el caballo torcía los ojos y enseñaba los dientes, exclamaron: “¡Mira, mira como se ríe el caballo de que ve la ganancia al ojo!” En la provincia de Teruel, los vecinos de Báguena fueron el punto de mira del cercano pueblo de Burgáguena, quienes contaban esta historia para ridiculizarles. Pero los de Báguena, en vez de tomárselo a malas, siguen recordando la historia y al comienzo de sus fiestas en honor a San Ramón Nonato, es ya una tradición el ponerle un pañuelico al busto de la burra con mielga que hay situado en el abrevadero del pueblo.

Por la provincia de Segovia también se extendió esta historia, en el pueblo de Rebollo no hay soga: “Debió de ser en el siglo XIX o quizás antes cuando un buen año de mucha lluvia hizo ésta que el tejado de la torre se inundara de vegetación y creciera de forma desmesurada una suculenta mielga, planta preferida por los asnos de todo el mundo. Aquello, a los habitantes de entonces les parecía una profanación de la naturaleza que afeaba y desmerecía la iglesia, monumento emblemático del pueblo. El asunto llegó al ayuntamiento, ya que el cura párroco no disponía de medios y los albañiles consultados desecharon por peligrosa la posibilidad de acceder al tejado sin hacer una obra de cierta envergadura; el consistorio tomó cartas en el asunto.

Después de algunos días de deliberaciones, finalmente se aceptó el plan de alguien a quien en el pueblo se le consideraba instruido. Todos los vecinos deberían aportar cuantos cestos de mimbre, para la vendimia, tuvieran para que, colocados en forma de pila, desde la base de la torre se alcanzara lo más alto del campanario. Desde allí y por un ventanal diáfano auparían a un burro a la cúspide de la pila de cestos y, desde la altura, el burro alargaría el pescuezo y se jalaría la mielga.

La primera parte del proyecto estaba planeado, pero a la hora de la verdad la pila de cestos había quedado un poco corta y el burro, aunque estiraba el pescuezo y dejaba asomar los dientes (ya se ríe, bromeaban algunos), para morder la mielga; azarosos los del campanario solicitaron otro cesto, pero las existencias en pueblo estaban agotadas y entonces el estratega tuvo una nueva idea: ¿y si quitamos el cesto de abajo y lo ponemos arriba? Todo el pueblo allí congregado asistía expectante, con los ojos bien abiertos y la respiración contenida, al resultado de la operación y, como no podía ser de otra manera, al entresacar el canasto de la base la pila de cestos se derrumbó con gran estrépito, rodando por los suelos en todas direcciones entre la alarma y el griterío del personal.

Consumada la hecatombe, el dueño del burro corría sin rumbo fijo con los brazos abiertos y la mirada al cielo buscando la intercesión divina, que llego de forma casi milagrosa, pues el jumento amortiguó la caída entre los mimbres y después de rebuznar y en medio del tumulto se levantó y salió corriendo en dirección a su establo. Desde la llanura, todo el vecindario de la La Puebla contemplaba estupefacto el espectáculo y al comprobar la esperpéntica solución y el derrumbe, no pudieran menos de explotar en carcajadas, y dicen las crónicas que algunos hasta dislocaron sus quijadas. De esta forma el suceso quedó para la historia como la BORRICÁ de Rebollo y la RISOTÁ de La Puebla.”

Por lo tanto, se puede verificar que la historia atribuida a La Roda carece de toda veracidad, no es más que una chanza repetida por toda España, al mismo modo que en la provincia de Segovia se dice de los de La Lastrilla: «Eres más burro que los de La Lastrilla, que rompieron el reloj de la torre de la iglesia porque no daba las trece», y que también se cuenta de los de Casasimarro. Aunque cabe la posibilidad de que algún elemento poco lúcido del vecindario la creyera una buena idea, de esos burros aún hay superpoblación.

César Ángel Martínez Morales
Diplomado Superior en Genealogía, Heráldica y Nobiliaria