La conquista rodense del Aconcagua

Los alpinistas rodenses Juan Erans y Tirso Cortijo camino del Aconcagua y en la cima más alta del continente americano, el 1 de enero de 2009.

Rebuscando entre una montaña de papeles y recortes de prensa –tenía que ser así, una montaña– encontré hace poco la información referida a la «machada» rodense de escalar la mítica cumbre de los Andes, encabezada por una nota fechada en enero de 2009 en la que el alcalde-presidente del Ayuntamiento de La Roda, Vicente Aroca, felicita a dos jóvenes rodenses que «emprendieron en diciembre de 2008 una expedición a la cordillera de los Andes argentinos con el objetivo de coronar la cima del Aconcagua, que con sus 6.962 metros es considerado el techo de América». Juan de la Cruz Erans Rangel y Tirso José Cortijo Pérez fueron los miembros que iniciaron aquella ascensión representando a la sección de montaña del Club Polideportivo La Roda, de la que Erans era responsable.

También el concejal de deportes del Ayuntamiento, Eduardo Sánchez Martínez, envió una felicitación y su reconocimiento a los deportistas que participaron en tan extraordinaria gesta, en la que Erans se convirtió en el primer rodense en coronar la cima andina para honra de nuestro pueblo y fundir su logro con los notables hitos alcanzados por el deporte local, cada vez más sobresaliente en variadas disciplinas y en sus vertientes nacional e internacional: tenis, atletismo, triatlón, natación, etc. A ambos expresó el orgullo que supone para La Roda y sus vecinos contar con dos jóvenes capaces de semejante proeza: «Si el deporte es cuna para valores como la superación o el esfuerzo, esta empresa que habéis desarrollado es una clara muestra de los mismos. Más cuando esa superación es con uno mismo y para vencer los límites que nos plantea la propia naturaleza».

Bellas palabras que suscribo como admirador de la montaña, sus mitos y sus conquistas, y me conducen a recuperar los pasos de aquella aventura de hace apenas siete años y medio, contada brevemente por sus protagonistas en la defenestrada revista Plaza Mayor. Me he permitido recrear este hecho porque merece la pena seguir con detalle y atención esta subida al Aconcagua, que comenzó a cobrar forma en el seno del Club Polideportivo cuando tres miembros del GEA, el grupo de montaña, Tirso Cortijo, Valentín Moreno y el coordinador Juan Erans se propusieron ascender a la cumbre andina, que hasta los años setenta y durante las cuatro décadas anteriores había estado envuelta en la leyenda.

Una leyenda alimentada por la dificultad que supone alcanzar su cima, por los sufrimientos y frustraciones de los que lo han logrado y por los sacrificios de notables alpinistas que perecieron en el camino, de los que da cuenta en su biografía César Pérez de Tudela, que a punto estuvo de desaparecer durante su descenso en 1971. El español, como él mismo afirma, fue «indultado por la montaña», al igual que el sacerdote británico Pierre Grant Ferri, hijo de Lord Harvington, y el coreano Chil Kyou Son, que anduvo diez días exangüe y con la memoria del revés. Sin embargo, no obtuvieron el indulto el capitán Marden, del famoso regimiento británico de los Lanceros bengalíes, que desapareció para siempre entre los hielos eternos, o el austriaco Stepanek, que se perdió cerca de la cima y fue hallado veinte años después por una expedición italiana. «Los cadáveres de quienes no tuvieron tanta suerte aparecen poco a poco, al paso de los años, entre las inmensidades pedregales, con excepción de aquellos que cayeron bajo el hielo», afirma Pérez de Tudela. Algunos alpinistas, como Alfredo Juan Mazzini y su compañero de cordada, murieron en la misma cumbre y sus cuerpos siguen allí, ocultos entre las rocas «para no causar espanto en los exploradores que llegan a la cima». Nadie, ni a petición del padre de Mazzini, se ha sentido capaz de recuperar sus restos. Pérez de Tudela deja claro el porqué: «Los que están arriba bastante tienen con poder bajar ellos mismos».

La magnitud de la empresa

El Aconcagua es un pico que Pérez de Tudela ha escalado tres veces: la primera en 1971 junto al famoso Walter Bonatti, el alpinista más aclamado del mundo en los años setenta; la segunda en 1972 en solitario, y la tercera en 1986 como enviado especial por la agencia Efe para entrevistar al alpinista Fernando Garrido, que llevaba cincuenta días de permanencia en la cima (al final serían sesenta y seis) tratando de superar un récord de resistencia a la altitud, una verdadera odisea en la que el escalador superó toda suerte de sufrimientos y estados de alucinación e inconsciencia provocados por la niebla mental de tanto tiempo viviendo a siete mil metros de altitud. Tuvo visiones que le hicieron incluso presagiar tragedias personales como la muerte de su hermano menor. Pocos meses después de su regreso de la cumbre andina sus padres y su hermano murieron en un atentado con bomba de la banda terrorista ETA.

En el Aconcagua también había estado con Gervasio Lastra, en 1972, mi amigo Fernando Martínez Pérez, pero no pudieron alcanzar su techo. De él referí en el artículo anterior su muerte en el monte Sarmiento, en la Tierra del Fuego. En esta aventura que terminó en tragedia, yendo de Argentina a Chile, el avión en que viajaba con Pérez de Tudela se aproximó a los Andes y así refleja esta visión el autor de Al filo de la escalada: «Fernando y yo estábamos impacientes por descubrir el Aconcagua. (…) Me enorgullecí al contemplar la montaña y recordar mi pasado en ella. Allí, en su cumbre, había estado dos veces, la segunda solo. “¡Mira, Fernando! ¡Esa es la ruta de los Polacos! Y aquello la Confluencia, el valle de los Horcones, la pared Sur, la Plaza de Mulas, la quebrada de los Relinchos… y Puente del Inca… ¡Se ve todo perfectamente! Ese es mi proyecto, Fernando. Al regresar del sur escalaremos también el Aconcagua por la vía misteriosa de la vertiente oeste”. En esa montaña pude morir en 1971. Me dieron por muerto».

Efectivamente, como ya he relatado, en esa primera escalada en compañía de Walter Bonatti al Aconcagua, Pérez de Tudela se extravió durante el descenso y vivió el calvario de seis días con sus seis noches deambulando sin parar y sin rumbo por los hielos patagónicos, con la cabeza perdida, sin comer nada y al límite de su resistencia, hasta el punto que le dieron por desaparecido. En la tercera escalada al mítico pico, mientras iba en busca de Fernando Garrido para entrevistarle, la memoria le salió al paso: «Por el camino hacia Puente del Inca no pude evitar recordar mis experiencias en esa montaña, que pudo haber constituido mi tumba y de cuyo cementerio me llevé la pequeña lápida que el consulado español había encargado en mi recuerdo».

Llegada a Argentina

Con lo antedicho, y volviendo a la épica rodense, quiero dejar claro dos cosas: que es una empresa formidable tratar de alcanzar la cumbre del Aconcagua, constituyendo un reto de envergadura por su dimensión y los riesgos inherentes al objetivo, y que tiene gran mérito la juventud cuando se le mete en la mollera el corrosivo gusano de la superación y afronta los sueños imposibles como retos aprehensibles. Experiencia en escaladas tenían sobrada Erans, Moreno y Cortijo para enfrentar tan magno proyecto, no apto ni para novatos, ni para díscolos, ni para cardiacos –excepción hecha de Pérez de Tudela, claro–. Tan ardua tarea, para los que hemos «escuchado» alguna vez la llamada del alpinismo, exige gran voluntad y empeño, fuerte preparación física y más aún psicológica, así como una respetable inversión económica para afrontar las exigencias subsidiarias –si bien fundamentales– al objetivo principal, la escalada: estrategia logística, adquisición de material, gastos de viaje, etc… Pero quién dijo miedo habiendo hospitales y algún organismo dispuesto a respaldar la expedición…

Los jóvenes rodenses se pusieron en marcha con los preparativos y, al tiempo que se afanaban en un necesario y completo entrenamiento físico, planificaron el desplazamiento a la zona y emprendieron la obligada cuestación para financiar la aventura. Los fondos económicos para la expedición llegaron a tiempo por los pelos, porque aunque al lobo de la crisis económica ya se le veía la garra hirsuta por debajo de la puerta, aún tardaría la maquinaria presupuestaria un tiempo en detenerse. Por tanto, contribuyeron generosamente a la propuesta el Ayuntamiento de La Roda, la Diputación Provincial de Albacete, la Caja Rural de La Roda y el propio Club Polideportivo, cuya obstinación y buen hacer promocionando el deporte local y formando excelentes luchadores en todas las ramas posibles del saber deportivo no estará nunca suficientemente reconocido.

Una vez superados los prolegómenos administrativos, con los fondos amartillados y completado su feroz entrenamiento, el día 16 de diciembre de 2008 emprendieron viaje a Argentina Juan Erans y Tirso Cortijo, mientras Valentín Moreno causaba baja voluntaria al verse obligado a desistir pocos días antes de la partida por problemas familiares. Desde la capital bonaerense se desplazaron hasta su primera etapa: Mendoza, situada al este del país, ciudad de unos dos millones de habitantes e importante zona de producción vitivinícola. En esta urbe los expedicionarios permanecieron dos días para formalizar los permisos y controles policiales y pagar las tasas obligatorias para acceder al parque nacional que protege la altanera y famosa cima. Ultimaron los detalles de logística y contrataron las mulas que habrían de acarrear hasta la primera meta volante los 130 kg de material necesario para acometer con garantías de éxito el objetivo propuesto.

Aclimatación a la altura

Antes de emprender la compleja misión, marcharon hacia la precordillera de los Andes haciendo alpinismo de exploración y permaneciendo dos días en el cerro Cruz de Caña, a 3.700 metros, realizando ascensiones de entrenamiento y preparando la aclimatación a la altitud, imprescindible para poder abordar con garantías la posterior subida al cerro Aconcagua. Es obligada esta adaptación al medio porque nunca se sabe cómo reaccionará el organismo en las grandes alturas ante el esfuerzo, la carencia de oxígeno y las bajas temperaturas. Por la ecuación de los gases perfectos se sabe que presión y temperatura definen la densidad del aire que respiramos, y ambos parámetros disminuyen con la altura, de forma que el oxígeno que necesitamos para vivir se reduce a medida que escalamos las alturas montañosas, lo que implica, entre otras fuertes alteraciones, un superior desgaste físico.

Si al nivel del mar la presión es de 1.013 milibares, considerando una temperatura estándar internacional de 15º C, y que ésta disminuye a razón de 6,5º por cada kilómetro de altura, resulta que a 3.000 metros la presión es de 690 mb (dos terceras partes) y la temperatura de -4,5º; pero es que a 6.000 metros la presión cae a menos de la mitad (460 mb), y la temperatura a -24º C. Por ejemplo, en el punto más alto de la tierra, el Everest, la presión es un tercio que al nivel del mar (315 mb) –prácticamente irrespirable–, y la temperatura de 42º C bajo cero –verdaderamente insoportable–. (Como elemento comparativo, recordemos que la temperatura exterior de la atmósfera en la altitud de vuelo estándar de un avión comercial, 11.000 metros, es de -56º C).

Para neutralizar la afectación de la fisiología humana y las reacciones del organismo ante estas variaciones extremas y la deficiencia consiguiente de oxígeno por la altitud, se hace necesaria una debida aclimatación al medio que requiere trabajo y tiempo. A 3.000 metros la concentración de oxígeno en el aire llega a ser la mitad que a nivel del mar, y a 6.000, si la aclimatación no es la adecuada, puede sobrevenir alteraciones físicas notables, como mareos, vómitos, deshidratación, pérdida de equilibrio y hasta edema cerebral y pulmonar, además de las alteraciones psicológicas que provoca la hipoxia, como confusiones mentales y alucinaciones, traducidas en una especie de estado alfa de la conciencia. Como dijo Pérez de Tudela: «Allí arriba se sueña despierto».

Los rodenses recorrieron los casi treinta kilómetros que separan la entrada del parque del Aconcagua del campamento base atravesando la inacabable «Playa Ancha», un desierto de diez kilómetros azotado por el viento y surcado por el violento torrente y los peligrosos meandros del río Horcones, que por fortuna hoy se cruza sobre un puente colgante. Al llegar a «Plaza de Mulas», una inclinada y desolada planicie próxima al desagüe glacial, a 4.300 metros de altitud, campo base que los alpinistas utilizan habitualmente en la ruta noroeste, la normal para acceder a la cima del todopoderoso pico, ordenaron el material y se sometieron a otro periodo de aclimatación de siete días antes de intentar acometer la escalada al techo de América. Continuaron con su entrenamiento ascendiendo a picos cercanos, como el cerro Bonete, de cota en torno a los 5.000 metros. Ya se sabe que maniobrar a esa altitud requiere, como afirma desde su experiencia en la renombrada cima Pérez de Tudela: «una lenta aclimatación, permanecer en la altura para luego descender y volver a subir». En este lugar estuvieron reconociendo los primeros campos de altura de la ruta al Aconcagua.

Ataque a la cumbre

Una vez decididos a iniciar la ascensión, Erans y Cortijo emprendieron camino al estilo alpino, con las mochilas a la espalda cargadas hasta los topes. El primer campamento de altura en el que se asentaron fue «Nido de Cóndores», a 5.400 metros, donde pasaron la tarde fundiendo nieve en el hornillo para cocinar y ponerse a tono con la hidratación. Al día siguiente, 31 de diciembre, desmontaron la tienda y ascendieron hasta los 5.800 metros, al conocido como «Campamento Berlín», una suerte de refugio en donde durmieron en 1971 Walter Bonatti y Pérez de Tudela y éste en 1972 en su escalada en solitario. En este lugar pasarían la Nochevieja los rodenses esperando las primeras luces del día y el momento propicio para intentar arrebatarle al año nuevo un récord personal y a la cumbre un pedazo de cielo que traerse a La Roda.

A las cuatro de la mañana del 1 de enero de 2009, cuando ambos escaladores glaciales habían previsto ponerse en marcha, las bajas temperaturas existentes fuera de la tienda de campaña, de 22º bajo cero, les obligaron a demorar unas horas la partida. A las siete y media, con el sol dibujando aún alargadas sombras sobre el hielo, los alpinistas pasaron a la ofensiva abandonando «Berlín» camino de la cumbre. Tras varias horas de durísima escalada, habiendo realizado un magnífico trabajo en equipo y llevando a cabo una perfecta ascensión hasta la cota de 6.400 metros, después de sortear grandes abismos de roca y hielo y a tan solo medio kilómetro de la meta, Tirso Cortijo se vio obligado a tirar la toalla y abandonar la cordada por problemas insuperables derivados de la mencionada inadaptación a la altura. El cansancio que ocasionan la altitud, el esfuerzo y la falta de oxígeno en estos lares produce un deterioro orgánico temido por los alpinistas y conocido por los lugareños como «la puna».

El otro alpinista, Juan Erans, sintiéndose con ánimo y fuerzas, siguió ascendiendo en solitario a pesar de las fuertes rachas de viento helado y a riesgo de sufrir la acometida de las tormentas imprevisibles que se forman en los altos picos en esa parte de la troposfera. Aupado por su buen estado físico y el convencimiento de que la gloria estaba al alcance de su piolet y a dos patadas de sus crampones, tras ocho horas de dura ascensión, Erans avistó el collado del Guanaco, a un tiro de piedra de la mítica cumbre, que finalmente coronó en solitario a la 15 horas y 27 minutos del primer día del año, hora local. La cima mineral del llamado por los quechuas Centinela de Piedra, el Aconcagua, de 6.962 metros, el punto más alto del continente americano, rendía tributo al rodense dándole la bienvenida con su gélido hálito. Aturdido por la confusión mental de la altura y extenuado por el cansancio, Erans se abrazó a la gran cruz –la más alta del mundo– que aguarda las visitas de los más valerosos hombres de la tierra y «disfrutó», siquiera por unos momentos, que en la cima es una eternidad, de la soledad más sobrecogedora, del peligroso viento blanco y su insoportable frío, de la hipoxia y de unas vistas mágicas e irrepetibles, como el precipicio de la pared sur, que vista desde la cima es aterradora. Un paisaje sólo reservado para los más intrépidos.

Superado el reto, aún quedaba un pequeño detalle por solventar para nuestro aguerrido paisano: la bajada, a veces más compleja que el ascenso, pues no fue precisamente un paseo relajado al sol por el parque de la Cañada por la durísima inclemencia, según relata el propio Erans: «A pesar de la satisfacción de haber conseguido el objetivo, el descenso de la montaña fue especialmente duro debido al fuerte viento de 120 km por hora y a las bajas temperaturas de entre 25 y 30 grados bajo cero». Tras arduo trabajo, dificultades y fatigas, Erans llegó a encontrarse con Cortijo y prosiguieron juntos el descenso hasta el campamento base, donde celebraron la hazaña coincidiendo los dos en que el denodado esfuerzo empleado había merecido la pena y compensó con creces las penurias de la ascensión y el duro entrenamiento previo que tuvieron que realizar. Tras reponerse unos días del esfuerzo, pronto emprendieron su regreso a España, siendo recibidos en La Roda como auténticos héroes.

En los montes Elbrús y Cervino

Quizás fuera esta la primera vez que los avezados escaladores asumían un desafío semejante, pero no iba a ser la última. Los dos alpinistas rodenses afrontaron unos meses más tarde, en junio de 2009, otro desafío extremo: un pico tan notable como el monte ruso Elbrús, de 5.642 metros, considerado el techo de Europa, situado en las montañas del Cáucaso, en Kabardia-Balkavia, frontera con Georgia. Aquella ascensión por la cara oeste, sin ser tan temible como la del Aconcagua, tampoco estuvo exenta de dificultades, pues el hielo glacial y el fuerte desnivel de este cono volcánico con laderas de 45º fueron dificultades nada fáciles de superar, aunque contaron para alcanzar la meta con el beneficio de unas condiciones climáticas muy favorables.

Esta cima rusa forma parte del circuito conocido como las «Siete cumbres», las más altas montañas de los seis continentes (considerando separados América del Norte y del Sur), que incluye, además del Aconcagua (en los Andes), el Kilimanjaro (en Tanzania, 5.895 m), el McKinley (hoy Denali, en Alaska, 6.168 m), el monte Vinson (en la Antártida, 4.892 m), la Pirámide Carstensz (en Nueva Guinea, 4.884 m) y el Everest (en el Himalaya, 8.848 m).

Un par de años después, en junio de 2011, Juan Erans emprendió la subida al monte Cervino (4.478 m), en los Alpes, acompañado por otros dos escaladores del Club Polideportivo La Roda, Pachi Cervantes y José Antonio Fernández, con quien se entrenaba Erans escalando cascadas heladas en el Circo de Gredos, en Ávila, para emplearse a fondo en las condiciones diferentes y adversas del hielo. La empresa de alcanzar la cumbre del mítico Cervino, donde el hombre acometió sus primarios intentos de conquista, no pudieron completarla nuestros paisanos aventureros porque al amanecer del día fijado para la ascensión se encontraron con unas placas de hielo venteadas muy peligrosas y un viento azotador de 120 km/h, que les obligó a permanecer siete horas sujetando los tensores y varillas de la tienda para no perder el material, hasta que finalmente ésta salió volando y desistieron de atacar la cumbre.

Pero no se iban a dar fácilmente por vencidos los manchegos por este nimio contratiempo. Husmearon el límpido horizonte de la cordillera alpina y decidieron acometer la escalada al Diente de Gigante, de 4.013 m, que presentaba condiciones atmosféricas menos adversas que el Cervino aunque su dificultad técnica era muy superior. El 26 de junio por la tarde comenzaron a ascender, acamparon en el Valle Blanco para pernoctar a cota de 3.200 m, y a las cinco de la mañana atravesaron el glacial para toparse con una pared vertical de 350 metros y dificultad máxima de V (sistema francés de graduación que considera la dificultad total de la escalada teniendo en cuenta la dificultad de movimientos y la longitud de la vía). Superado el reto, llegaron los tres alpinistas a la cumbre para abrazar a la Madonna, una virgen de bronce que espera entre las nieves a los escaladores para recompensar su esfuerzo con su bendición.

Ha pasado un lustro desde esta última aventura –última que yo tenga conocimiento–. No sé qué habrá sido de estos audaces montañeros, ni si siguen ejercitando su maestría arácnida por las cumbres de la tierra, pero desde aquí y con carácter retroactivo quiero felicitarles por sus grandes logros, que se unen a los más recientes de otros deportistas de cuna rodense que han llevado a lo más alto de sus respectivas disciplinas nuestra enseña patria y han prodigado por el mundo el nombre sagrado de La Roda.