La llamada de las montañas

El autor del artículo en Gredos, en 1976, empapándose por igual de filosofía alpinista y nieve en gruesos copos. Y sus compañeros de «cordada» eligiendo paredes para escalar y hielo para derretir en el hornillo.

Andaba el otro día devorando con entusiasmo la última obra de César Pérez de Tudela, Al filo de la escalada, que el famoso alpinista acaba de presentar en El Corte Inglés y firmar en la Feria del Libro de Madrid, cuando me enteré que el Ayuntamiento de La Roda ha puesto en marcha la Universidad Popular para jóvenes, ofreciendo en esta época estival formación interesante en cursos y talleres de diversas materias alternativas, entre ellas la escalada (además de robótica, drones, grafiti, bicicleta de montaña, vóley playa, etc.). Aplaudí la original iniciativa conjunta de las concejalías de Cultura y Deportes con el centro joven Alcazul y hubiera dado un potosí por un chupito de elixir de la eterna juventud que me devolviera a la tierna edad de la adolescencia para inscribirme en esa actividad concreta, la escalada, que en tiempos tiró de mí como un imán de neodimio. En La Roda tiene este deporte filosófico sus adeptos y practicantes y algunos alpinistas sobresalientes como Juan Erans y Tirso Cortijo, que alcanzaron notoriedad al conquistar la cumbre del Aconcagua el día de Año Nuevo de 2009, notable ascensión al mítico pico de los Andes sobre la que escribiré en breve, pues su peripecia bien merece ser recordada.

En mis tiempos púberes, en La Roda no había nada de esto, y en Madrid cuatro o cinco clubes de montaña, pero yo era muy tímido para presentarme allí sin conocer a nadie. Al margen de estos centros no existía oferta de formación específica en tan atípico conocimiento, y para colmo el material suponía un desembolso difícilmente asequible a las economías modestas, por lo que quienes quisimos adentrarnos en la aventura de las montañas tuvimos que hacerlo a espaldas de la oficialidad, desbravándonos sobre la marcha a base de trastazos y penando con un material manifiestamente mejorable. El desconocimiento del terreno que pisábamos podía llevarnos al desastre, pero contra esta amenaza estábamos vacunados por la naturaleza de polímeros maleables –lo más parecido al caucho– de los chavales que nos criamos en la calle, que en mi caso estaba homologado de fábrica porque a lo largo de los años me he esnafrado en innumerables ocasiones y múltiples escenarios pero nunca hasta ahora –toco madera– me he roto un hueso; lo que no quita para que un ramillete de mataduras y cicatrices tatúen mi cuerpo serrano y manchego. Me di costalazos a mansalva no por torpeza sino por arriesgar al límite al venir impreso de serie en mi ácido desoxirribonucleico la tara de la imprudencia.

Como otros muchos niños de naturaleza «inquieta» –una vecina de casa me llamaba El vándalo–, desde muy pequeño apuntaba maneras y tenía la fea costumbre de «venirme arriba», como las ardillas correteando por la corteza de los árboles. Mi padre y mi tío Pedro Sánchez, rodenses de pura cepa y cuñados por la carambola de casarse con sendas hermanas, eran obreros de la construcción en los tiempos del boom inmobiliario madrileño de los sesenta y setenta, cuando el terrible frío de las obras lo combatían los alondras con copejas de sol y sombra y no existían ni arneses ni se usaban cascos y la Seguridad y Salud laboral era aún ciencia ficción. Mi tío ejercía de encargado de obra y mi progenitor de peón de albañil con el lustre de oficial de primera –casi nada–, e incluso algunos fines de semana, para sacarse unos cuartos extra, ejercía de guarda. Mi madre le llevaba la tartera para que se acordara de ella y los churumbeles para que no se olvidaran de él. En cuanto se descuidaban ambos me liaba a trepar por los andamios como un koala en su eucalipto favorito.

Con nueve y diez años era un potro cimarrón, una cabra montesa, un tirillas «nerviosillo» e indomable que traía por la calle de la amargura a mi madre, que no podía evitar mi propensión a la acrobacia engalgándome en tapias y tejados y brincando a hurtadillas sobre los vagones de mercancías varados en vía muerta en la estación de La Roda. Con once subí de categoría y saltaba al plinton sobre los escasos coches aparcados en la calle e incluso las más de las veces entraba y salía de casa por la ventana –menos mal que era un primer piso–. Accedía trepando por la fachada hasta el balcón para susto y disgusto de mi progenitora que pensaba que cualquier día ese hijo primogénito tarambana, inconsciente y medio lelo se iba a partir la crisma. A veces me pillaba colgado del balcón y me gritaba: «¡Como te caigas… te mato!». Yo, asido a la pared y concentrado en no darle motivos para cumplir su amenaza –en todo caso sería «remato»–, pensaba en mis hermanos pequeños y le decía que no se preocupara, que le quedaban dos de repuesto… De hecho, practicando a la inversa, es decir saltando a la calle desde el balcón –aún no conocía la técnica del rápel–, me solía estampar contra la acera con minuciosa y obstinada pericia y harta frecuencia.

Golpe a golpe

Una vez me dejaron su flamante bicicleta BH mis primas y la devolví sin sillín, con el cuadro retorcido, la cadena rota, una rueda abollada y el timbre colgando –¡ring, ring!–. Llevar el manillar con una mano era lo suyo, más brillante era conducir dominando la velocidad sin manos, pero la emoción extrema radicaba en hacerlo sin manos, a toda castaña y cerrando los ojos para buscar esa sensación inigualable de flotar a ciegas en la negrura del espacio exterior… Hasta que se interpuso en mi errática trayectoria orbital un pino de grueso calibre que me hizo ver las estrellas bien de cerca y me dejó la cara convertida en arte abstracto y la bicicleta en chatarra. (La sensación, mal comparada, es como apagar de noche los faros en una carretera secundaria para notar por un momento esa emoción angustiosa de conducir sin ver otra cosa que la bella cúpula del cielo). Menos mal que un buen samaritano se apiadó de mí y me escoltó con la bici rota hasta la casa de mi tía… donde me cayó encima la bronca del siglo.

Ni que decir tiene que era un pésimo estudiante y sólo destaqué en primaria y Bachiller en la asignatura de gimnasia, pues le echaba voluntad y superaba los aparatos aquellos de saltos (una tortura para otros compañeros) con resuelta maestría y un valor autodestructivo que puntuaba alto en las notas. El profe se sorprendía viendo a un alfeñique destilar tanta energía saltando su propia altura –metro y medio– al estilo tijera (por aquel entonces el Fosbury se estaba imponiendo). No voy a entrar en detalles porque me llevaría relatar mis pantocazos varios capítulos. Sólo diré que una vez, en un descampado plagado de escombros –el paraíso para jugar a indios y vaqueros–, me lancé a pelo desde una altura indebida y reboté contra el terreno como tenía previsto; lo que no previne es que mi cabeza tuviera vida propia y se fuera a incrustar contra el saliente de un depósito oxidado de hierro.

La vida fue dura y a veces injusta y marrullera con mi madre, y sólo le faltaba un hijo con el sistema nervioso desequilibrado para acabar de apañarla. Cuando me vio aparecer por casa tambaleándome –esta vez subí como pude por la escalera–, con la cara ensangrentada y la carne colgando de la frente, como si me hubieran tratado de descuartizar con una motosierra, le dio un alifafe y se fue al suelo. ¡Menos mal que estaba mi abuela para atendernos a los dos! Como es preceptivo, acabé en la Casa de Socorro para que me pusieran la antitetánica y me cosieran en vivo (la anestesia debía estar restringida a casos extremos o personas mayores). Mientras ejercitaba el cirujano su filigrana con la sutura para recomponer el desaguisado en mi cabeza, mi madre, ya recuperada y aún espantada, me lanzó una mirada de reproche anegada de lágrimas y resignación: «¿por qué?», dijo. Sé a lo que se refería, pero estaba tan aturdido y asustado que no supe contestar. Era un impulso vital, no le tenía miedo a casi nada y no fui consciente de la fragilidad humana y del concepto de la muerte hasta unos años después, pero entonces me atraía saltar obstáculos, correr como un diablo, trepar a lo más alto y el vértigo de la caída libre.

Años más tarde lo entendí al leer la biografía de George Mallory, que desapareció en el hielo en su tercer intento de hacer cumbre en el Everest, en 1924, treinta años antes que Sir Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay coronaran el pico oficialmente. Cuando la prensa le preguntó a Mallory por qué quería escalar la montaña más alta del mundo, él respondió: «Porque está ahí». Lógico, es una provocación a la que hay que plantar cara. Pérez de Tudela dice en su biografía que «la respuesta se haya en el misterio que roza la metafísica de este grandioso y tremendo juego que es el alpinismo. Sin duda, constituye una práctica en sintonía con la filosofía del idealismo absoluto, que reviste al hombre de coraje para despojarlo de su vulgaridad y permitirle aspirar a su superación».

El gran César Pérez de Tudela

Esa tensión antigravitatoria que arrastraba desde niño me predisponía de manera natural al alpinismo, afición que se despertó en mí a los once años al descubrir a un gurú surgido de la precaria televisión en blanco y negro que se dedicaba a escalar montañas. El gran tótem de la tribu trepadora de entonces se llamaba César Pérez de Tudela, el más célebre alpinista español de todos los tiempos, que lo puso de moda en la frontera de los años sesenta y setenta con su sonada ascensión al Eiger, en los Alpes, por su cara norte, considerada entonces la pared más difícil y peligrosa de la tierra, y con la gran repercusión mediática que levantaron sus rescates al límite en el Naranjo de Bulnes, que fueron noticia nacional tan relevante como eco mundial tuvo ese mismo año 1969 el acontecimiento de la llegada del hombre a la luna (de hecho, desde entonces quise ser alpinista y astronauta, los que más alto llegaban).

A partir de ese momento, Pérez de Tudela fue mi referencia; conozco sus grandes logros por haberme leído buena parte de su treintena de libros y alguna novela que escribió (El Lama Milarepa) o los cuentos protagonizados por su alter ego en la ficción, el Barón de Cotopaxi. El último, Al filo de la escalada, es su espeluznante autobiografía montañera, en la que nos asoma a los interesados en la materia al vertiginoso precipicio de su propia existencia, la entretenida realidad de un luchador infatigable para el que no existen los límites físicos porque rige en su –aparentemente– enclenque anatomía una fuerza mental colosal y en su interior una espiritualidad que le confiere un carácter parsimonioso y a la vez irreductible. Una vida tan ejemplar, tan entregada a la naturaleza, tan austera, solitaria y llena de frío y sufrimiento como la de un monje tibetano, que ha hecho del personaje que cosechó gloriosos triunfos sobre las más difíciles cumbres de la tierra (Badile, Lavaredo, Eiger, Triglaw y Cervino, en los Alpes, McKinley, Aconcagua, Cerro Torre, Tirich Mir, Annapurna, Illimani, Elbrus, Cotopaxi, Kinabalu, Ruwenzori, Ararat, Nevado del Ruiz, Chimborazo, Chopicalqui, Monte Olivia, etc.), y que encajó sonoros fracasos en otras tantas montañas, en el Peñón de Gibraltar permaneció colgado dos días con una pierna rota a un paso de la cumbre, y en sus tres intentonas fallidas de coronar el Everest… un hombre fuera de serie.

Con esta biografía y su anterior obra, ¿Era necesario morir?, cargadas de reflexiones personales, vivencias al límite y filosofía pura de vida, a mí me ha hechizado y devuelto la fe perdida en el ser humano, que en él se transmuta en divino y entrañable ser, pues ha conseguido cuestionarme los principios básicos sobre los que se asienta mi mediocre existencia. Desde luego, no puedo ocultar la profunda admiración que siento por él, desde siempre, como aventurero, escalador y periodista –es abogado, doctor en Ciencias de la Información y fue corresponsal de guerra en Vietnam–, y le tengo puesto en el pedestal de mis acendradas devociones para dedicarle mi más rendida admiración.

Aventura iniciática

Pérez de Tudela, que se convirtió en un mito del deporte, la aventura y el periodismo de acción, fue un icono de la juventud de mi quinta y de otras posteriores y puso de moda las historias de montaña a través del concurso de televisión Las diez de últimas, participando en diversos programas de radio y escribiendo en diferentes periódicos y revistas nacionales (ABC, Ya, La Actualidad Española…), lo que nos llevó a muchos jóvenes a militar en este saludable, duro y ejemplar ejercicio. Hasta tal punto que, bien entrada la década de los setenta, el alpinismo registró en pocos años un aumento inusitado de aficionados que nos echamos al monte –nunca mejor dicho– siguiendo su rastro aventurero y las leyendas de las grandes conquistas alpinas. Como dice el propio Pérez de Tudela en ¿Era necesario morir?: «Las hazañas dejan un resplandor que ilumina a las muchedumbres».

Los jóvenes deseosos de vivir nuevas experiencias, nos lanzamos desatados y hambrientos de emociones al macizo central: La Pedriza, Siete Picos en Guadarrama, Gredos, Navacerrada, etc., paisajes idílicos que se nutrieron los fines de semana de aspirantes a montañeros y escaladores. Allí celebré mi bautismo de fuego con compañeros que presumían de saber más de lo que sabían, lo que me proporcionó cierta confianza, algunos conocimientos con el malabarismo de mosquetones y piolets, fijar clavos y asegurar cordadas, y un par de batacazos descendiendo taludes en rápel. Aunque nunca me asustaron las alturas, tuve que acostumbrarme a dominar el vértigo, y aún así se me encogieron las gónadas ante la empinada silueta del Pájaro de la Pedriza, que frenó mi impulso suicida. Los esfuerzos para educar el miedo al abismo fueron tremendos, pues no es fácil superar esa sensación de etérea fragilidad que produce colgarse ingrávido con los pies en el vacío sobre un acantilado que al menor descuido te espera abajo con sus negras grietas abiertas. Sin embargo, no pude con el frío. Las aspiraciones idílicas de sentirme uno con la naturaleza en la soledad de las cumbres esperando la iluminación y el conocimiento que proveen las montañas a las mentes lúcidas, por mucho que me empeñé en adaptar mi cuerpo a las bajas temperaturas, se estrellaron contra el ambiente gélido de las crestas geológicas.

Así pasó, que inspirado por el maestro de maestros y pensando en emular sus hazañas, puesto que ya «dominaba» la materia, me lancé con quince años, mucho ánimo y mal pertrechado –sin saco de dormir– a vivaquear con cuatro coleguillas pernoctando en el granito de la sierra de Gredos en un día espléndido y soleado del final del invierno. Ellos tenían más experiencia y se las prometían muy felices «abriendo vía» en una peña de treinta metros, pero el gallito de la clase, Joaquín Pemau, calculó de aquella forma el tiempo de retorno y tras el sencillo rápel extravió el camino de regreso al «campamento base» que improvisamos para pasar la noche en el par de tiendas de campaña que instalamos antes del ascenso. En consecuencia, nos cogió el ocaso en un collado dejándonos aislados en medio de la nieve. Cambió el tiempo, el cielo se tornó panza de burro y comenzó a jarrear de lo lindo.

La triste «cordada» de merluzos despistados pasamos una noche de vigilia acojonados, entumecidos y tiritando bajo un plástico que extendimos entre piedras y pinos, que no evitó que la lluvia gélida y torrencial me empapara hasta los gayumbos. Cada minuto que pasaba en espera del amanecer soñé despierto con la sopa de sobre que se quedó con otras vituallas en la tienda de campaña. Cuando llegó el orto, un servidor no podía ni mantenerse erguido y tuvieron que sacarme de la sierra a hombros, como por la puerta grande a un novillero de fortuna tras su apoteósica faena. Le faltó el canto de un duro para que se me congelaran los pies y regresé a casa en el tren esputando esquirlas de pulmón. He pasado unas cuantas noches penosas a lo largo de mi vida, pero de la etapa adolescente aquella es la más larga, triste y dura que recuerdo.

Continuará la semana que viene con el alpinismo como filosofía de vida.