Pedro Víllora pasea con Cervantes por Madrid

El dramaturgo rodense Pedro Manuel Víllora tiene dos obras sobre Cervantes representándose en Madrid: «Quijote. Femenino. Plural» y «Canciones para un joven Cervantes». En la foto del centro, durante su conferencia sobre «El Madrid de Cervantes», en el Teatro Español.

Señalé hace poco que este año 2016 sería emblemático para la vida literaria española, con variopintos y relevantes aniversarios que festejar. No soy arúspice; se veía venir: el IV aniversario de la muerte de Cervantes, el primer centenario del nacimiento del premio Nobel Camilo José Cela, de Antonio Buero Vallejo y de Mercedes Salisachs; el centenario de la muerte del también premio Nobel José de Echegaray; y el ciento cincuenta de la muerte de don Ramón María del Valle-Inclán. Por su parte, las letras anglosajonas tampoco se quedan atrás y cumplimentarán durante este ejercicio los cien años de la muerte de Henry James y de Jack London y el IV centenario de la de William Shakespeare, que coincide con la de Cervantes. Éste falleció en Madrid el 23 de abril de 1616 (algunas biografías afirman que fue en la noche del 22), y el primero le siguió rumbo a la acrópolis de los inmortales de la literatura universal el mismo día.

Dicho esto, hay que precisar que los dos máximos representantes de la literatura española e inglesa no la diñaron en realidad en la misma jornada de hace cuatrocientos años, sino que el inglés dobló la pluma diez días después que el español –el 3 de mayo– porque en Inglaterra el calendario era el juliano y en España ya se había adoptado el gregoriano. De la creencia en la coincidencia de las muertes de genios de tan elevada estatura, junto con la del peruano Inca Garcilaso de la Vega, máximos exponentes de las lenguas española e inglesa, surgió la idea de la Unesco de declarar en 1995 esa fecha como el Día Mundial del Libro y del Derecho de Autor.

Para nosotros, por encima de los demás escritores, el gran momento a festejar es este 23 de abril, día en que murió el autor del Quijote, el libro más editado y traducido del mundo después de la Biblia. Muchos son los actos programados en torno a la figura más grande e inolvidable de las letras hispanas –lo cual está muy bien como recordatorio literario, pero pienso que sería más provechoso el esfuerzo complementarlo de cada uno de procurar la lectura de la obra del homenajeado–, y para no ser menos, el primer plato en su favor lo rompimos en La Roda nada más comenzar el año con aquella soberbia exposición de homenaje a don Miguel de Cervantes Saavedra celebrada en la incomparable ermita de San Sebastián, donde se exhibieron los mejores Quijotes que guarda nuestro Centro Cervantino.

Otra memorable muestra relacionada con la gran novela del Siglo de Oro, proclamada en 2002 por la Fundación Nobel como el mejor libro de ficción de la historia, que ha trascendido todas las fronteras y todas las culturas, es la organizada por la Biblioteca Nacional de Madrid. Y como lluvia de estrellas tenemos las memorables dedicatorias que al padre de Don Quijote le están destinando en cada rincón de España, con especial incidencia en La Mancha, diversos colectivos oficiales y autores independientes en otros ámbitos culturales, tal que la literatura, el arte o el teatro. Una avalancha de biografías invade las librerías en estas fechas del aniversario de su muerte y, en cuanto al arte, me remito a la citada exposición de Quijotes de La Roda, donde el artista Gabriel Alarcón expuso una muestra impresionante, vasta e irrepetible de su personal y cosmogónica visión del Caballero de la Triste Figura.

El rodense Pedro Manuel Víllora

En la disciplina teatral tenemos a un ilustre rodense volcado en resaltar la gran novela y a su autor: Pedro Manuel Víllora Gallardo (La Roda, 1968), dramaturgo, poeta, escritor, periodista, crítico literario, director de teatro y no sé cuántas cosas más, uno de los más insignes autores contemporáneos. Ha escrito trece obras de teatro, ha adaptado otras tantas, ha dirigido ocho hasta el momento, ha publicado estudios literarios sobre famosos autores de nuestro tiempo, como Terenci Moix y Ana María Matute, ha coordinado el coleccionable La Gran Historia del Cine (1995-97) y editado el Teatro completo (2003) de Adolfo Marsillach. También ha prologado numerosas ediciones ajenas. Me viene a la cabeza el admirable texto que pintó para el prólogo de la alucinante y alucinógena obra de cuentos de terror y ciencia ficción Lo que vino de las profundidades, un horripilante compendio de viscosidad, podredumbre y hedor de otro rodense de gruesas hechuras literarias y un futuro asegurado en la novela fantástica: Eduardo Moreno Alarcón, que anda ahora perpetrando nuevas formas escritas con las que procurar que del miedo no nos llegue la camisa al cuerpo.

Víllora ha publicado libros de narrativa, de poesía y de cine, además de las memorias de Imperio Argentina (Malena Clara, 2001), María Luisa Merlo (Más allá del teatro, 2003) y Sara Montiel (Vivir es un placer, 2000), cuyo homenaje organizó él mismo tras su muerte. Ha recibido una veintena larga de premios y sus espectáculos se han visto en instituciones de relumbrón, como la Volksbühne, de Berlín; el Piccolo Teatro, de Milán; el Théâtre National de Toulouse, el Teatre Romea, de Barcelona, y, en Madrid, el Centro Dramático Nacional, el Centro Cultural de la Villa, la Casa de América, el Círculo de Bellas Artes, el teatro María Guerrero, el Teatro Español… además de participar en numerosos festivales: Mérida, Almagro, Las Palmas, Chinchilla, Alcántara, Olmedo, Alcalá… Como guinda, debo señalar que obtuvo el año pasado el importantísimo premio de poesía Tomás Navarro Tomás, otorgado por el Ayuntamiento de La Roda en su famosa Gala Literaria. En definitiva, asomarse a su currículum (www.pedrovillora.com) y sufrir un patatús –vulgar lipotimia– es todo uno. Sugiero lo hagan sus seguidores con prudencia. Tanto es el loable trabajo y muchos y merecidos los méritos acumulados por tanto esfuerzo a sus 48 años de edad.

Pues bien, para demostrar la bondad de lo que afirmo sobre este talento de las artes literarias y escénicas, mencionaré sus últimas intervenciones artísticas, tras la feliz consecución el pasado mes de enero de las representaciones de la obra Insolación, de Emilia Pardo Bazán, en el teatro María Guerrero, que él adaptó al escenario. Son todas relativas al Quijote. Primero, el teatro Abadía y el Corral de Comedias de Alcalá de Henares han seleccionado su texto Cervantes o las ansias crecen para un proyecto que se celebrará este mes de mayo. Y en vigor sobre las tablas actualmente se hallan dos obras, de una es el autor del texto: Canciones para un joven Cervantes, que se está llevando a cabo en Madrid los sábados del mes de abril, en la sala Trovador, con música en vivo y lectura dramatizada; y de la otra es el director: Quijote. Femenino. Plural, que se está representando con notable éxito en la sala Margarita Xirgu del Teatro Español, protagoniza por las actrices Lidia Navarro y Ainhoa Amestoy, esta última es además la autora del texto y la productora de la obra.

Da la casualidad que a la compañía de teatro de la mítica Margarita Xirgu perteneció otro rodense, el actor Miguel Ramírez Onsurbe, cuyo nombre bautizó los Miguelitos inventados en La Roda por Manolo Blanco. Al actor, que también hizo sus pinitos en la escuela «La Barraca», de Federico García Lorca, se debe el apodo del pastel cremoso más señero, cañero y sobresaliente del ampuloso inventario de dulces rodeños, que tan grandes placeres encierran en sus texturas variadas y su glucosilada naturaleza. Otra casualidad es que Miguel Ramírez, estando de gira con la Xirgu por Sudamérica, protagonizó en el teatro Ateneo, de Buenos Aires, el papel de Maximiliano en Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós. Tan entregado estaba a su profesión de actor y en las últimas escenas ponía tanto sentimiento que la propia Margarita Xirgu, emocionada, llegaría a decir: «Qué pena lo que está sucediendo en España [se refería a la Guerra Civil], porque sino llevaría a Miguel con esta obra y la representaríamos en el Teatro Español». Por algo será –no digo yo que sea por esto– que esta sala del teatro lleva el nombre de la diva.

En este cuatro veces centenario Teatro Español (fundado en 1583), tan antiguo como el mismísimo Cervantes, el insigne rodense Pedro Manuel Víllora dictó hace tres días una conferencia extraordinaria sobre la vida del literato en la villa y corte: «El Madrid de Cervantes» fue el título elegido por el dramaturgo para hacer un recorrido pormenorizado por aquellos lugares capitalinos por los que transitó nuestro primer y más amado escritor: sus colegios, sus residencias, las imprentas que vieron nacer sus obras literarias, etc.

El universo femenino de Cervantes

Antes de ejercer de cicerone virtual y profundizar en el descubrimiento del Madrid cervantino, centrando su visión en los lugares emblemáticos que acogieron al autor del Quijote, Víllora ilustró a los curiosos transeúntes madrileños con los pormenores de la obra que en la sala Xirgu se está representando a diario, la ya mencionada Quijote. Femenino. Plural, «un montaje cuyo origen se sitúa –dijo su director– en la celebración del IV centenario de la publicación de la primera parte del libro, en 2005, que se representó en el Círculo de Bellas Artes». La diferencia de la actual puesta en escena con la pretérita, según Pedro Víllora, es que entonces «era un monólogo de Sanchica, princesa de Barataria, y en esta nueva versión son dos los personajes protagonistas, dos juglaresas que cuentan la historia de la hija de Sancho Panza recorriendo la llanura manchega enviada por su madre Teresa Panza en busca de su padre y del ingenioso hidalgo». Esta es la excusa perfecta para que la autora y el director de la obra, con un respeto absoluto al texto cervantino, nos introduzcan en el conocimiento de la parte femenina de la novela y el carácter de sus numerosas protagonistas, entre otras, Marcela, Dorotea, Luscinda, Maritornes, Quiteria y Dulcinea, que aconsejan a Sanchica sobre la vida en general y sobre los hombres en particular. Esto demuestra, según Víllora, «el carácter avanzado de Cervantes en la defensa de lo femenino, que sigue estando vigente hoy».

En este «viaje» por el barrio de las Letras madrileño, el anfitrión del Teatro Español, aupado sobre los hombros de su propia y gigantesca erudición, con su sonrisa beatífica coronada por un bigote que le da un aspecto ilustre de caballero medieval y con sus elegantes maneras ejercitadas durante años sobre el escenario, dijo que «la idea de viaje e itinerario es la que predomina en El Quijote. Nos muestra el viaje como una oportunidad bien aprovechada para adquirir conocimientos e independencia». El director y dramaturgo, que fue entrevistado recientemente para El Cultural del diario El Mundo, afirmó en la conferencia que «este es un barrio del siglo XIX porque del XVI apenas queda nada, si acaso las calles, pero pocos edificios». Aquí vivió Cervantes la última década de su vida, a partir de 1606.

Desgranó el intelectual rodense la escasamente conocida infancia de Cervantes en Alcalá de Henares. De familia culta pero no acomodada, era el cuarto hijo del matrimonio del hidalgo Rodrigo de Cervantes con Leonor de Cortinas. «El padre era cirujano-barbero, o sea, sacamuelas», dijo Víllora, profesión de escasos ingresos y baja consideración social. Resaltó, asimismo, la vida itinerante de la familia, que se trasladó a Valladolid, pero las deudas contraídas llevaron al padre a la cárcel y provocaron el embargo de todos sus bienes. «Su madre sabía leer y escribir y su educación se la transmitirá a su hijo», afirmó Víllora.

Sus últimos y prolíficos años en Madrid

Apenas se sabe nada de su juventud hasta 1567, cuando la familia se instala en Madrid y el joven Cervantes inicia su carrera literaria gracias a Alonso Getino de Guzmán, organizador de espectáculos de la capital con quien su padre tenía negocios. En los siguientes años, el joven Cervantes, tras pasar por la academia del Duque de Alba, mantuvo amistad con poetas como Pedro Laynez o Gálvez de Montalvo. Pedro Víllora, sin embargo, puso en duda la certeza que existe sobre que Juan López de Hoyos fuera maestro de Cervantes, «pues era ya mayor el muchacho para estar bajo su tutela, por mucho que haya constancia de que el profesor le llamara “mi caro discípulo”».

«Por esa época –dijo el escritor manchego– se estudiaba en Madrid el Quadrivium y el Trivium, disciplinas formativas consideradas las siete artes liberales. El primero agrupaba las matemáticas, la geometría, la astronomía y la música; el segundo, la elocuencia, la retórica y la dialéctica». Junto a la epístola de los Pisones, del siglo I, y los textos de Horacio, Cicerón, etc., estas materias son las que se estudiaba en los colegios superiores, «lo que al tiempo brindaba a los jóvenes la oportunidad de escribir», según Víllora. Todo esto influyó sin duda en la formación humanística del joven Miguel de Cervantes y en su inclinación hacia la escritura, que se inicia, tras algunas labores de carácter principalmente administrativa, con la publicación en 1569 de sus primeros poemas por encargo de López de Hoyos.

Pedro Manuel Víllora afirmó que en 1569 se marchó Cervantes a Italia y entró al servicio del cardenal Giulio Acquaviva: «Se sospecha que la causa por la que se trasladó a Roma es una provisión real, encontrada en el siglo XIX en el Archivo de Simancas, fechada en septiembre de 1569, en la que se ordenaba el apresamiento de un joven estudiante de igual nombre, por haber herido en duelo al maestro de obras Antonio de Sigura». Según el contenido del documento, el culpable fue condenado en rebeldía a que le cortaran públicamente la mano y a ser desterrado del Reino por diez años. Después de su paso por la ciudad eterna, Cervantes se alistó como soldado en Nápoles y viajó a Lisboa y Orán, combatiendo después en la batalla de Lepanto, de la que salió mal parado de un arcabuzazo en el pecho y en la mano, como es bien sabido. Aún así, siguió guerreando en la milicia hasta que cayó preso de los corsarios y estuvo cautivo cinco años en Argel, periodo que Víllora sobrevoló para dar mayor lustre a la presencia del literato en Madrid, una vez liberado. «Es entonces cuando conoce a Ana de Villafranca, con la que tendrá a su única hija, Isabel, siendo en 1584 cuando se casa con Catalina de Salazar y vuelve a Salamanca, regresando de nuevo para residir durante los últimos diez años de su vida en la capital del Reino, dedicándose de lleno a las letras en el mundo literario del Madrid de finales del siglo XVI», dijo Víllora.

«Lo hizo siempre viviendo de alquiler –resaltó el director de teatro para concluir su entretenida, documentada y brillante alocución–, en el entorno de la calle Santa Isabel, en 1608; en 1609, en la calle Magdalena y, a final de año, en esta misma calle esquina a la calle de la Espada». La calle del León, luego la calle Huertas, después vuelta a la calle del León esquina a Francos… uno a uno repasó el rodense los sitios donde vivió y estudió el escritor y las imprentas que dieron a luz a sus más importantes obras, como la de Juan de la Cuesta, que alumbró a principios de 1605, de forma un tanto precipitada, El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, que tuvo un éxito inmediato y varias ediciones piratas (Lisboa, Valencia y Zaragoza), por lo que Juan de la Cuesta –ahora el hijo– publicó la segunda edición unos años después.

Cervantes vendió su obra por 1.500 reales y la tirada inicial fue de uno 1.600 ejemplares, que se vendían a 290,5 maravedíes. Este éxito se vería empañado por un nuevo encarcelamiento, ordenado sediciosamente por el alcalde Villarroel, motivado por el asesinato de Gaspar de Ezpeleta a las puertas de la casa de los Cervantes. Viviendo en Madrid, en julio de 1613, Cervantes ingresó como novicio en la Orden Tercera de San Francisco. Murió de hidropesía el Príncipe de los Ingenios el ya mítico 23 de abril de 1616 y fue enterrado al día siguiente en el cercano convento de las Trinitarias Descalzas.