Tragedia alpinista en el monte Sarmiento

De izda. a dcha., Fernando Martínez camino del Monte Sarmiento. En la portada del libro de Pérez de Tudela puede verse a Fernando Martínez escalando el glacial Blanca, su última ascensión. Pérez de Tudela y Fernando Martínez en Punta Arenas, Patagonia, antes de emprender su aventura austral. Y Fernando Martínez desembarcando en la bahía Escandallo.

Relataré aquí la semana próxima la hazaña de los rodenses Juan Erans y Tirso Cortijo, alpinistas que coronaron el Aconcagua el 1 de enero de 2009 y son protagonistas de otras gestas montañeras que he recuperado espoleado por la lectura entretenida de la escalofriante autobiografía de César Pérez de Tudela, Al límite de la escalada, que me ha hecho recordar con alegría mis incipientes y frustrados pasos en esta arriesgada e irresistible disciplina, mezcla de deporte, aventura y filosofía existencial, y con gran tristeza la muerte de mi amigo Fernando Martínez Pérez, que es la aventura que quiero recordar hoy al haberse cumplido cuarenta años de su última escalada, desgracia que recogió el propio Pérez de Tudela hace un lustro en el libro Patagonia, tierra de gigantes, que es la actualización del titulado Tumba de hielo, escrito por el célebre y veterano escalador a los pocos meses del accidente, ocurrido en marzo de 1976.

Recuerdo que pocos meses antes de esa fecha marcada por su postrera y definitiva expedición, se encontraba Fernando Martínez en el Palacio Real cubriendo la noticia de la muerte del dictador Francisco Franco, fallecido el 20 de noviembre de 1975, y fui urgentemente a recogerle unas fotos por imperativo de José Luis Gutiérrez, el «Guti», que también dirigía la revista quincenal de información general Gentleman, de la que era copropietario Juan Luis Cebrián. Los «grises» que custodiaban en la Plaza de Oriente la kilométrica cola de gente –diez horas– que aguardaba turno para dar su personal adiós al regidor de los últimos cuarenta años de la vida española, me franquearon el paso y me condujeron al primer piso atravesando el impresionante salón de las Columnas donde se había instalado la capilla ardiente del generalísimo, hasta un cuarto cercano habilitado para la prensa, donde encontré a Fernando tecleando su crónica en una máquina de escribir portátil.

Le pregunté por la revista Chorten y por su próxima aventura alpinista: «Estoy loco por volver a la Patagonia», me dijo. Me largó un sobre con unos rollos de diapositiva Kodak Ektachrome 64 y me acompañó hasta la salida pasando ante el difunto caudillo cuyo cuerpo presente se hallaba escoltado marcialmente por soldados de los tres ejércitos y de las fuerzas de orden público. La gente circulaba cadenciosa, solemne y cabizbaja ante el cadáver, a razón de un centenar de personas por minuto, y Fernando me susurró: «¡Estará ya frío!». Paradojas de la vida, tres meses y medio después, escalando una inmensa pared de hielo de 2.400 metros de altura en los confines de la Tierra del Fuego, un bloque se desprendería para forjar su propia sepultura.

El monte Sarmiento

Como ya comenté en el artículo anterior, experimentar en plena adolescencia el drama de la despedida funeral a Fernando Martínez, tras su muerte escalando el monte Sarmiento, me disuadió por completo de seguir por el empinado sendero del alpinismo, que había catado en el granítico rocódromo natural de la sierra madrileña, donde no pasé de la categoría de torpe aprendiz con cierta capacidad resolutiva y de retranqueo. Mi fe montañera recibió otra puñalada trapera unos años después al regresar de un viaje de buceo que hicimos en 1982 a Tailandia varios compañeros del club Necton, entre los que figuraba mi amiga Belén Molina, avezada submarinista y al tiempo experimentada escaladora. Ni su mágico influjo ni su belleza morena, tan castiza que parecía pintada por Julio Romero de Torres, pudieron evitar que un día, intentando hacerse con alguno de los picos señeros de la tremenda cordillera de los Alpes, primera en despertar el apetito de conquista del hombre, se precipitara al vacío por un barranco. Aunque la rescataron con vida, las secuelas del accidente dejaron muy tocado su aparato locomotor y no pudo siquiera volver a bucear.

Fernando Martínez, sin embargo, no sobrevivió en los remotos hielos frontera con el Cabo de Hornos y la Antártida, tratando de conquistar el monte Sarmiento que Charles Darwin había descrito como «el más sublime espectáculo de la Tierra del Fuego». Algunos aventureros anteriores al paso de Fernando y Pérez de Tudela definieron el lugar con su peculiar visión: Martin Conway exploró y describió lo que Julio Verne consideró barómetro natural del estrecho de Magallanes en su novela Veinte mil leguas de viaje submarino. Saint Loup (Marc Augier) dijo en Montañas del Pacífico que era «la más hermosa montaña de América». Por su parte, Carlo Mauri y Clemente Maffei la «conquistaron» en 1913 bajo la dirección nominal de Alberto María de Agostini. El propio Maffei afirmó en su libro Esfinges de hielo: «Sí, es con toda certeza la cima oriental del monte Sarmiento, la cima más tremenda y fantástica de toda mi vida de alpinismo». Para De Agostini, el monte Sarmiento «es algo que no se puede olvidar. Cuando algunos años después de estos viajes míos tuve ocasión de ver de cerca el monte Aconcagua, de 7.000 metros de altura, esa visión no causó en mí ni siquiera un pálido reflejo de esa fuerte emoción, mezcla de maravilla y espanto, que sentí cuando me hallé frente a la imponente pirámide del Sarmiento. Tal vez sea ésta la mayor belleza, el atractivo más poderoso de este austero paisaje que conquista los sentidos, levanta y alegra el espíritu en la contemplación de los espectáculos más grandiosos que Dios ha creado».

Así es la montaña que se cobró la vida de Fernando Martínez, ubicada en el Parque Nacional Alberto de Agostini, en la parte chilena de Tierra del Fuego, en el sur de América, que debe su nombre al conquistador español Pedro Sarmiento de Gamboa, que lo llamó «Volcán Nevado». Más tarde, Phillipe Parker King lo renombró «Mount Sarmiento» en homenaje al descubridor. Sobre esta mole geológica, el propio Pérez de Tudela afirma: «Constituye una colosal pirámide de hielo que se levanta sobre las selvas frías, en los canales fueguinos, antes de salir al océano glacial antártico».

Es, sin duda, el monte que más destaca por su característica forma triangular y es el pico principal de la cordillera Darwin, formada por otras formidables montañas como el Italia, el Buckland, el Roncagli y el Francés. El monte Sarmiento cuenta con dos grandes cumbres de similar altitud, la este y la oeste, con alturas de entre 2.187 y 2.404 metros. Llena de historia y desdichas desde los primeros intentos de alcanzar sus cimas, esta montaña ha despertado la pasión por la aventura de algunos escaladores –tampoco muchos– y aún hoy representa un desafío mayúsculo, ya que por su ubicación sigue siendo uno de los pocos rincones remotos y aislados del planeta que ha demostrado ser un enorme pero fascinante desafío para quienes han intentado su conquista durante más de cien años. La baja tasa de éxitos conseguidos, solamente cuatro sobre veintidós, da una idea clara de la complejidad de la hazaña de alcanzar su cumbre.

De hecho, otros españoles lo intentaron sin éxito. En enero de 2004, casi treinta años después del intento de conquista de Pérez de Tudela y Fernando Martínez, los escaladores andaluces Iván Jara y José Antonio Pérez Jorge iniciaron una ascensión que no pudo progresar frustrada por condiciones climáticas muy adversas. Otro intento se registró en marzo de 2005, cuando un equipo del programa Al filo de lo imposible, de Televisión Española, formado por José Carlos Tamayo, Iñaki San Vicente y Mikel Zabalza, realizaron un nuevo intento llegando a establecer un campamento alrededor de los 1.000 metros, pero las condiciones meteorológicas tampoco les permitieron alcanzar la meta soñada.

La montaña de hielo

Como señalaba al comienzo, en esos libros mencionados sobre esta tragedia, escribió el célebre escalador Pérez de Tudela un relato directo y con una prosa sincera y sin ambages, sin retruécanos ni metáforas, de la desgracia ocurrida cuando los dos intrépidos escaladores y periodistas pretendían conquistar el monte por puro deporte y para difundir las bondades de la región en su revista. El objetivo era amplio: «Fernando y yo –afirma Pérez de Tudela– pensamos que la expedición a Tierra de Fuego podría proporcionarnos la información suficiente para hacer un estupendo número especial de Chorten, dedicado a las bellezas naturales de aquel precioso país. Visitaríamos la Isla de Pascua y quizá la Isla de Juan Fernández, la de Robinson Crusoe, e intentaríamos la travesía de los hielos continentales».

El resumen de su intentona de ascenso a la cumbre del Sarmiento comienza con su llegada a Punta Arenas y su posterior traslado a Puerto Harris, en la base de la isla Dawson. Desde allí una torpedera de la Armada chilena los arrumbó hasta la bahía Escandallo, donde desembarcaron el día 1 de marzo de 1976. «La bahía Escandallo era indescriptible –afirma Pérez de Tudela–. La playa no tendría más de seis o siete metros de fondo por lo que, cuando la marea subía, el agua llegaba hasta el mismo zócalo del bosque. Y sobre el bosque se levantaba una impresionante montaña blanca. El Monte Sarmiento era verdaderamente un Everest sobre el mar».

Como dos náufragos en aquella isla desierta atravesaron la densa jungla austral hacia el oeste, descubriendo en su dureza la razón por la que Darwin llamó a este archipiélago Islas del Diablo. Se dirigieron al glaciar Blanca para montar un primer campamento en el collado Lovisato, al sur del monte Sarmiento. Enfrentaron una pared de 400 metros de hielo y roca que consiguieron escalar en gran parte. Sin embargo, la expedición se vio frustrada por el desprendimiento de un bloque de hielo que golpeó en la cabeza a Fernando –que lideraba la cordada– y ambos cayeron hasta una repisa. Lo explica Pérez de Tudela: «—¡Cuidado! –gritó Fernando. Fue un instante… Una fracción de segundo… Apenas un destello blanco. Caía un gran bloque de hielo y los ojos se me cerraron. Esperé crispado sobre mí mismo el golpe brutal o el tirón que me arrastrase al precipicio… Era un condenado a muerte. (…) Sería un tirón brutal, una fuerte sacudida de la cuerda que nos unía, la cuerda de los alpinistas… la cuerda de la vida y de la muerte… Supe que caía. Nada. Vacío. ¿Instantes o eternidad? No siento nada. Estoy medio empotrado entre la roca y la nieve, sobre el abismo de hielo. Miré a mi izquierda y vi a Fernando a mi altura moviéndose con la cabeza hacia abajo. —¡Fernando, Fernando! –grité desaforadamente. Fernando se movía violentamente y se iba a caer de nuevo. ¡Y yo con él! —¡Dios mío… Fernando no te muevas más! Metiendo dos precarias clavijas en la roca, aseguré lo mejor que pude a Fernando, que se encontraba inconsciente. Con esa mínima protección permanecimos allí dos días y dos noches, en una situación dramática, en la misma ruta de los desprendimientos de hielo y avalanchas que se sucedían regularmente».

Entre la vida y la muerte

Fernando, a causa de las heridas sufridas, estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante dos días –«dos días de tensión y tragedia»–. Moribundo, sin recobrar la conciencia, terminó por convertirse en la primera víctima del monte Sarmiento. Pérez de Tudela logró dejar su cuerpo anclado al hielo y señalizado para poder localizarlo después y descendió como pudo de la montaña para refugiarse en la selva costera hasta que fue rescatado por la Armada chilena y pudo retornar a Punta Arenas. Días más tarde intentaron recuperar el cuerpo de Fernando con el apoyo de helicópteros del Ejército, pero las fuertes ráfagas de viento impidieron el descenso de los aparatos y Pérez de Tudela regresó a España para buscar equipo adicional y volver a rescatar el cuerpo de su amigo por la vía de la escalada. Sin embargo, antes de que a Pérez de Tudela le diera tiempo a retornar a Chile, el Ejército se adelantó a sus planes y dos semanas después consiguió recuperar el cuerpo, si bien de puro milagro porque con las tormentas y el movimiento constante de los hielos se había desprendido de su atalaya y desapareció enterrado en aquel gélido y eterno paraíso.

El testimonio de Pérez de Tudela en estos libros mencionados revela los pormenores de aquel desastre que conmocionó a la sociedad española de entonces, drama que aprovecharon sus enemigos –con la Federación Española de Montaña a la cabeza– para tratar de derribar su bien ganada fama de alpinista y rescatador internacional. La maledicencia general, también de la opinión pública en Chile, inspirada por la popularidad televisiva en España del conocido escalador, que tiempo ha fue guía de montaña, instructor de seguridad y rescate, directivo de Protección Civil y policía –aparte de abogado y doctor en Ciencias de la Información–, sembró sospechas infundadas sobre las causas del accidente y a su llegada a nuestro país fue entrevistado en el aeropuerto por diversos medios de comunicación, teniendo que enfrentarse al morbo y al sensacionalismo cuando un reportero de Televisión Española le espetó: «¿Qué talismán lleva usted a la montaña que siempre regresa vivo mientras sus compañeros mueren?».

César Pérez de Tudela entendió que le recriminaban que estuviera vivo y Fernando muerto: «Y por ello tenía que dar muchas explicaciones. Esa es la sociedad hipócrita a la que pertenecemos», afirmó. Finalmente, salvó el tipo ante la opinión pública, pero como había sobrevivido a varios accidentes anteriores –a muchas más sobreviviría después–, sus envidiosos y minúsculos perseguidores trataron de coserle, como a una res, la chapa de «gafe» en el apéndice auricular, sin conseguirlo. Para sus detractores un antecedente marcaba su impoluto expediente de deportista nato: en 1971, su primera mujer, Elena de Pablo Martínez, había muerto de alguna alteración vital relacionada con la altura en el campo base del Tirich Mir (7.490 m), en la cordillera del Hindu Kush, mientras Pérez de Tudela, junto a Fernando Martínez y otros montañeros españoles, alcanzaba la cima. Al bajar de la cumbre, el escalador se encontró con la terrible noticia y dos meses después debería afrontar una de las odiseas más duras de su vida al regresar a Pakistán, donde estaba en busca y captura por espía –al no someter su material gráfico a inspección cuando se marchó– para repatriar el cuerpo de su esposa, que tuvo que embalsamar él mismo.

En aquella ocasión también tuvo que afrontar las críticas al llegar al aeropuerto con el féretro de su mujer. La cizaña de la Federación Española de Montañismo, que había convocado una rueda de prensa a espaldas del escalador, llegó al extremo de que algunos directivos le acusaron incluso de ser falsas sus conquistas negando que hubiera estado en el Aconcagua y en el Tirich Mir. Fernando Martínez, que estuvo con él en las dos cumbres y estaba en la rueda de prensa, se dirigió a los responsables de la Federación en estos términos defensivos de su compañero: «Habéis aprovechado la ausencia de Pérez de Tudela para plantear estas injurias sin pruebas, guiados por la envidia que varios de vosotros le tenéis al haberos sentido superados por su fama y por su éxito deportivo y humano».

Como dije en el artículo anterior, la vida de César Pérez de Tudela es una aventura continua que no tiene un minuto de desperdicio. Acaba de cumplir 76 años y lleva en su costillar medio centenar de expediciones a cordilleras de todo el mundo, ha sufrido calamidades incontables, más tres infartos en su pecho acorazado mientras escalaba míticas cimas, y ha estado a punto de morir de accidente o por congelación en unas cuantas ocasiones. Pero a pesar de tantas anécdotas dramáticas, ahí sigue lozano, inquieto y victorioso como un niño –algo tendrá la montaña cuando la bendicen–, lo cual demuestra que tiene más vidas que un gato y que lo que no mata engorda. Ahora anda con una actividad frenética y el otro día me dijo: «Voy de cabeza, con conferencias, presentaciones de mi último libro y especialmente con un viaje expedición muy numeroso a Mongolia de mis compañeros abogados». Desde luego, no se puede estar más vivo ni tener más vida.

La tragedia a través de la prensa

Aparte de lo que contó Pérez de Tudela a su regreso, tanto en La Actualidad Española como en el diario ABC, que financió en parte la expedición de ambos escaladores, y en la entrevista que le hizo José María Íñigo en Televisión Española, es interesante aportar lo que de esta exploración en solitario de los dos aventureros informó el propio ABC, por el que tuvimos conocimiento puntual de sus andanzas hasta que un barco militar los trasladó desde Punta Arenas, cerca del estrecho de Magallanes, hasta la bahía Escandallo, en Tierra del Fuego, donde se les perdió la pista al internarse en la selva austral. El 4 de marzo ocurrió la desgracia y cinco días después nos llegó la noticia del fatal accidente. La parálisis bloqueó nuestras vidas cuando nos anunciaron lo peor: Fernando Martínez había muerto «al desprenderse un bloque del glacial y golpearle en la cabeza», según la primicia que dio ABC el día 10.

En la sección de Sucesos y Reportajes, el diario publicó la declaración telefónica del gerente de la compañía aérea Lan Chile, Fernando Mansilla, recogida en Punta Arenas del propio Pérez de Tudela: «César –cuenta el señor Mansilla– nos indicó que el accidente se produjo cuando ascendían el glacial “Blanca”, que debía conducirlos al collado sur para proseguir después al Monte Sarmiento. Se habían trasladado en una fragata de la Armada chilena desde Puerto Williams –el punto más austral del mundo– haciendo un reconocimiento por los fiordos y glaciares para realizar unos reportajes. La misma fragata también les llevó hasta Bahía Escandallo –el punto más desértico de la zona austral–. El navío les dejó allí para recogerlos a la semana siguiente».

El diario relataba así el accidente: «Iniciaron el descenso durante los días 2 y 3, pero al día siguiente se produjo el accidente en el lugar marcado por las coordenadas 52º latitud y 73,20º longitud. César permaneció con Fernando, que estaba inconsciente, durante un día y la noche siguiente, momento en que se produjo el fatal desenlace. Muerto Fernando, Pérez de Tudela emprendió camino hacia el lugar donde debía recogerles el buque que les había llevado; estuvo dos días esperando a la orilla del mar a que llegase. Ya embarcado fue trasladado a Punta Arenas, donde relató la tragedia a las autoridades y, posteriormente, lo comunicó a Madrid».

Explica el ABC que «antes de abandonar Monte Sarmiento en busca de ayuda, César Pérez de Tudela había dejado el cadáver de su compañero sostenido por una clavija introducida en una roca. A su alrededor había colocado cuerdas y banderas de situación para, posteriormente, poderle localizar, aunque –según él mismo expresó– cree que solamente podrá ser rescatado con ayuda de un helicóptero». Preguntada por el diario madrileño, la mujer de Pérez de Tudela, Dolores Zaban, afirmó haberse enterado del accidente por el gerente de las líneas aéreas chilenas: «Creo que está bien a pesar de la caída que él también sufrió. Según me han dicho estuvo dos horas inconsciente, y cuando despertó encontró a Fernando en estado de coma. Junto a él permaneció dos días, hasta que falleció».

El gran Fernando Martínez

Alpinista prematuro, Fernando Martínez Pérez había comenzado en la montaña a temprana edad. «Con dieciséis años escaló conmigo la vía Víctor del Naranjo de Bulnes y la sur de los Horcados Rojos en un mismo día de julio, ante los ojos admirados del gran Enrique Herreros, que nos contemplaba desde abajo», afirma Pérez de Tudela en su obra Patagonia, tierra de gigantes. En 1970, con veinte años, Fernando «había sido un componente imprescindible en la expedición de Peñalara a la Patagonia», donde escaló el Cerro Torre (3.133 m), en el campo de hielo patagónico, junto a Jesús González Green, Joaquín Bejarano, Joaquín Rodrigo Burillo, Miguel Ángel Herrero, Francisco Rodríguez, José Manuel Alaiz, Gervasio Lastra, el médico de la expedición Guillermo Mañana y el propio Pérez de Tudela, que dijo de él: «Era el hombre fundamental de la expedición, tanto por su gran pasión por el alpinismo como por su laboriosidad y sentido de la responsabilidad».

Más tarde, en el Himalaya, en el citado pico Tirich Mir, al tiempo que moría la primera mujer de Pérez de Tudela, él perdió la visión durante tres días, lo que suele ocurrir por congelación de las córneas o por la reverberación solar y el daño que producen los rayos ultravioletas al quitarse las gafas de protección. Tuvo que manejarse a ciegas escalando y saltando grietas a la voz de sus compañeros. Así lo describe en su diario el escalador Ángel González de la Fuente: «Miércoles, 18 de agosto 1971. La noche ha sido mala. Cuando hemos intentado beber el agua de la cantimplora era un bloque de hielo. Al amanecer Fernando no ha podido incorporarse y no puede abrir los ojos. Tiene los párpados muy hinchados. Posiblemente será debido a que ayer se quitó las gafas. No ve nada. Fernando, con enorme voluntad, decide lanzarse por las cuerdas fijas. (…) Lo hace a tientas y a cada paso que da con gran valentía nos pone los pelos de punta. (…) Con gran sufrimiento de todos terminamos el descenso de las cuerdas fijas para seguir por la pedrera, llevando a Fernando e indicándole cada paso».

Y así lo explica el propio Pérez de Tudela: «Bajando el Tirich Mir Oeste, en el Hindu Kush, tras haber abierto una difícil ruta por un filo de hielo tras varios días de escalada, mi amigo Fernando (Fernando Martínez Pérez) había perdido la visión. Descendimos penosamente, colgándonos de las cuerdas fijas que días antes habíamos montado. Fernando, muy valiente, se deslizaba por las cuerdas a ciegas, y saltaba las anchas grietas que daban a hondos precipicios sin ver nada, con un valor admirable… De vez en cuando yo le tenía que indicar la longitud del salto que tenía que dar para atravesar una grieta. Su voluntad y el dominio sobre sí mismo eran admirables».

En el 72, Fernando volvió a Argentina para subir al Aconcagua con Gervasio Lastra, «pero fracasaron por la cantidad de nieve y la asfixia de la puna en el Valle de los Horcones», según afirma en Patagonia Pérez de Tudela. «Aunque no alcanzaron ninguna cumbre, Fernando escribió preciosos reportajes sobre aquellas regiones, fotografiando sus fiordos con los elefantes marinos y las desconocidas montañas del sur». Y añade: «Nuestra vida era la más bella que podía existir. El alpinismo, que durante tantos años habíamos practicado, nos abrió las puertas del paraíso. Nos había hecho interesarnos por el mundo. Todo nos apasionaba. (…) Ambos pensábamos en que teníamos que volver a explorar la Patagonia y escribir sobre la Tierra del Fuego y los Andes».

La pasión por la aventura

La trayectoria de gran escalador, aventurero y explorador de Fernando Martínez apuntaba maneras, pero fue sajada de cuajo por aquel maldito bloque de hielo que le cayó encima mientras ascendía por paredes congeladas camino de descifrar el misterio de las montañas imposibles. Ya muerto, siguió su marcha ascendente hacia la cumbre do moran los dioses del alpinismo, que sacrificaron prematuramente a una de sus futuras grandes figuras y a un divulgador nato, que junto a Pérez de Tudela buscaban siempre convencer con su ejemplo a una sociedad consumista y vulgarizada de las bondades y el idealismo de una disciplina tan apasionante y ligada a la naturaleza como el alpinismo, que ellos sabían degustar en estado puro.

Han pasado cuarenta años de aquello y su cara curtida de joven aventurero y su densa y negra barba de conquistador del nuevo mundo aun siguen vivos en mi memoria. Fernando Martínez fue enterrado bajo el cielo del hemisferio austral, en el santuario de Don Bosco, en el mausoleo que la Sociedad Española de Punta Arenas donó para tal fin. Al entierro asistieron sus padres, los representantes de las Fuerzas Armadas de la Región de Magallanes y Antártida y numeroso público que quiso despedir al joven explorador español. Otro tanto pasó en su funeral en España, celebrado en la basílica de la Concepción de Nuestra Señora, en la madrileña calle de Goya, que fue multitudinario y dolorosísimo. Su mujer Dominique, con la que se había casado dos años antes y estaba a punto de salir de cuentas de su primer vástago, apenas podía sostenerse en pie, igual que sus padres, recién llegados de Chile. Yo me pasé llorando una semana. Fue terrible para todos.

La desgracia de Fernando Martínez difuminó de mi mente el alpinismo como un mal sueño al despertar. Entre las locuras de mi etapa juvenil nunca me volvió a dar por escalar piedras. Su ejemplo y el de Pérez de Tudela, sin embargo, prendieron en mi sangre el lento, dulce y adictivo néctar de la pasión por la aventura, por recorrer el mundo al estilo que marcó Cela en su inigualable Viaje a la Alcarria: «Andar, un pie tras otro, con sosiego y buena voluntad, la tierra propia y aun la ajena, es un regalo que los clementes dioses hacen al hombre cuando éste se lo pide con la clara voz que presta la humildad a la inteligencia». Así he procurado hacerlo durante toda mi vida.

Continuará el próximo viernes con la conquista rodense del Aconcagua.