Un centenar de escritos

Algunas de las imágenes utilizadas para ilustrar el centenar de artículos publicados hasta ahora por el autor en el periódico digital de La Roda «El Monolito».

El tiempo pasa escaldado y con este articulillo doy por cumplido el centenar publicado en algo más de dos años en estas páginas de El Monolito, bajo el genérico epígrafe «Opinión». No es que sea mucho, pero tampoco poco y, aunque no lo parezca, mi trabajo y mi tiempo me cuesta; y más que nada trasnochar, que se me están poniendo unas ojeras moradas de licántropo en celo, unas uñas navajeras de Nosferatu cantamañanas y me está cogiendo la calva un elegante y suave tizne selenita, que ya no sé a quién o a qué me parezco. Lo hago con gusto porque me tira escribir más que dos tetas y dos carretas juntas. No se me escapa que a veces peco de diletante, melifluo y plastoideo, y aunque intento no ser cansino algunos me critican con razón: son textos densos, luengos y empalagosos hasta el hartazgo, como un dulce morisco de melaza y dátiles. Lo sé y entono el mea culpa, pero vengo advirtiendo cuando se me pone a huevo que tampoco es del todo voluntad mía. Hago lo que me dictan al alimón la mollera y la naturaleza, que como para eso del instinto soy muy animal y «primitivo» propendo a echar los pies por alto y a mear fuera del tiesto.

Sé que no es internet el lugar propicio para escanciar tanta miseria ni el camino para la lectura reflexiva y pausada de gruesos chorizos, sino más bien, debido a su inmediatez y al formato, todo lo contrario, cortos, directos y esenciales. Pero como eso ya lo hacen otros, yo, erre que erre, mal que les pese a algunos, les duela a los más o se la traiga al pairo a la mayoría, no pienso renunciar a tratar en profundidad los temas que se me antojen, aunque he hecho el firme propósito de enmendarme y procuraré no empujar a nadie a la autocombustión por compasión. Para compensar tanto sufrimiento, procuro escribir lo mejor que puedo y documentarme lo más posible, y, eso sí, crea el lector que lo hago siempre con el pensamiento puesto en la buena intención.

Me incorporé al periódico a los pocos meses de comenzar éste su andadura y el primer artículo se publicó el viernes 6 de diciembre de 2013, día de la Constitución y fiesta nacional en España. Como ya estamos a viernes 8 de abril de 2016, día de san Dionisio y declive de la luna nueva, si pensamos que la entrega es semanal y que en ese periodo se contabilizan 123 semanas, la cuenta no sale. Pero claro, hay que considerar que uno, a pesar de ser esclavo de sus pasiones, tiene vida propia y derecho a descanso, y que esos 23 artículos que faltan corresponden mayormente a la ausencia por las vacaciones y, en menor cuantía, a otras banales, como son las ausencias obligadas por la superior razón del currelo. De hecho, la próxima semana, por causa tan ordinaria pero necesaria a la vez para poder echarle cada día algo al bandujo y abonar su tajada anual a Montoro y otros diletantes chinches y chupasangres recaudadores del sudor ajeno, la pasaré en el hermoso paraje de Múnich, a donde parto el domingo para saltarme la dieta trajinando salchichen, cartofen y cervezorren a tutiplén –tampoco hay más delicatesen donde escoger–.

Por esta causa desertaré de la cita semanal que tengo con los lectores el viernes que viene, salvo que los hados ectoplasmáticos, que todo lo revuelven en esa cosa intangible, alucinante y misteriosa que es internet, me sean propicios, lo cual no es fácil a tenor de mi torpeza secular con la informática. Es decir, que no gozarán los lectores de mi grata compañía hasta el viernes siguiente… Sí, ya sé lo que estarán pensando algunos, sobre todo los que me critican: «¡Huy, fíjate, qué pena me da este señor…!». Pues sí, mire usted: señor por rendición a los designios de la edad e independientemente de mi estado civil.

Agradecimiento a los lectores

En este texto que podríamos considerar un metaartículo, configurado a modo de balance al cumplir los cien publicados, debo señalar lo primero el agradecimiento que en deuda he contraído con mis lectores habituales y esporádicos por su demostrada paciencia, silente anuencia y cristiana resignación –o mahometana, o judía, o budista, o hare krishna, o bahai, etc.–. Es decir que si no protestan ustedes no es por falta de motivos, que les doy sobrados casi cada semana, sino por educación. Algunos sí, algunos levantan la voz con enérgico enfado ante lo que consideran una afrenta, una injusticia o un dato equivocado; y otros, los menos, me prodigan exagerados ditirambos por esta humilde labor reporteril. Con agradecido talante, les digo a todos que, con mis aciertos y mis yerros, me he limitado a reflejar hechos, mitos y costumbres de nuestro amado pueblo y su buena gente como lo haría cualquiera y como lo hacen otros mejor que yo, que procuran mantener viva la llama de nuestra larga historia y gustan de señalar las bondades de nuestra patria chica.

También he publicado otras miserias propias (viajes, experiencias, reflexiones, ensayos…) y he abordado asuntos políticos sobre los que he vomitado –más que vertido– mi opinión, personal e intransferible, lo cual siempre es espinoso porque en esto de la ideología la gente tiende a cogérsela con papel de fumar y cualquier cosa que digas, por mucho que sopeses equidistancia, neutralidad y equilibrio, siempre va a molestar a unos o a otros, según convenga y según tendencias, gustos y creencias al uso –el personal le da poco al magín y se deja llevar por las modas, esa es la verdad–, y te van a sacudir estopa sin compasión hasta en los empastes de las muelas, que otra cosa no pero en esto de la política somos todos unos expertos y nuestra opinión es la acertada y redimididora y va siempre cargada de razón y fundamento, mientras los demás son tontacos y gollés que se equivocan hasta en la esquina donde descargar la micción. Es como lo que dijo Pericles: «Mientras son muy pocos los capaces de concebir un sistema político, todos nos sentimos capaces de juzgarlo».

Yo lo único que pretendo en este ámbito es señalar que la política no puede ponerse jamás al servicio de las curiosidades malsanas, los intereses bastardos o las intenciones abyectas o torcidas. Y en todo caso, cuando esto ocurre, mi misión como periodista independiente –eso seguro–, consciente y orientado –bueno, eso no tanto– y mal pagado –eso ha sido así siempre–, es denunciarlo allá donde alcancen mis tentáculos. Puede que sea un intento vano, aun siendo bienintencionado, y puede que mi denuncia vaya a la papelera o se quede en papel mojado, pero yo me quedo más tranquilo que el chepa si lo hago, y –por el contrario– me muerdo el labio de rabia hasta sangrar si me aguanto.

Artículos y más artículos

Pero todo esto no lleva en su esencia el ánimo de capitalizar afectos, ni de aleccionar a nadie, ni de sentar cátedra en geografía o historia, ni de aparentar un magisterio que ya me gustaría ostentar pero se me escapa. En todo caso –esto ya lo dije una vez, creo– descargo sobre el teclado las miserias que a diario me acogotan las perjudicadas meninges, como la energía de la tormenta se descarga en tierra a través del pararrayos, para ahorrarme afecciones y la factura del psicólogo. Don Camilo lo decía con más gracia: «El escritor no suele escribir para instruir y deleitar a nadie sino, mucho más simple y modestamente, para vaciarse de venenos, aprensiones y otros dengues igualmente enfermizos y acuciantes». Pues eso.

Acudiendo a la somera estadística, en este tiempo he escrito sobre disparidad de temas, entre los que se lleva la palma mi pueblo por mayoría. En cuanto a su naturaleza, unos asuntos se han leído más y otros menos, unos han «tirado» más que otros, según las preferencias y el interés de cada lector. Artículos escribí que recibieron el beneplácito en masa de los lectores, y otros que despertaron la piedad de unos pocos. Puedo presumir de tener una nutrida «clientela» fiel que me sigue todas las semanas. Los textos que más éxito han logrado en este tiempo, por inusual número de lectores, han sido las series temáticas, como la que dediqué a la miss Araceli Carrilero; a las agresiones que sufrió nuestro monolito de la Guerra de África; los que destiné a Santa Teresa por su aniversario; al movimiento en feisbu de «Tú no eres de La Roda sino…»; los de nuestro dulce patrio el «Miguelito»; los dedicados a Las Vegas; los referidos a literatura y libros, como el dedicado a la obra de Eduardo Moreno Alarcón; y, últimamente, los que hablaban del problema de la torre de El Salvador. Con preferencia, todo aquel texto que llevara como protagonista a nuestro alcalde, Vicente Aroca, tenía asegurada la lectura de cientos de internautas.

Hubo dos artículos que batieron marcas por su sustancia musical esencia juvenil: los que resaltaron las virtudes de artistas tan grandes como Michael Jackson o Melendi (que actúa en La Roda el próximo 5 de agosto). Tuvieron gran acogida los que destacaron a insignes rodenses: Gabriel Alarcón, Remy J. López, Antonio Morales, Manuel Cortijo, Antonio Carrilero, Guillermo García López, David Castro Fajardo, Tatiana Kvesic, Tomás Navarro Tomás, Marciana Molina… El alcance de otros me sorprendió porque no esperaba cosechar ni el mínimo exigible por prurito personal y, sin embargo, cruzaron el listón con sobrada holgura y hasta llegaron lejos, como los que dediqué a la piscina de La Roda, al mercado central, al carnaval, a las navajas y cuchillos (aún por completar), a los tapices ocultos del Quijote, a la marquesa de Llano, al fútbol rodense, a los burros o al terrorismo yihadista.

Seguiremos al pie del cañón

En fin, por curiosidad malsana y por hacer un ejercicio gimnástico, académico y estadístico, me he tomado la molestia de usar la calculadora para poder decir que los 99 artículos publicados –el presente no cuenta porque no se sabe el público que atraerá, que será poco a juzgar por el insulso tema que trata– suman en total 120.031 lectores. Como es obvio, no todos los que «pinchan» se acaban tragando lo que ven, pero una simple división asignaría una media de 1.212,4 lectores por artículo, lo que es más falso que Judas Iscariote y tan inútil como un diente de goma, pues los hay que han triplicado esa cifra y otros que se han conformado con cuarto y mitad. Es como la imposición de la ciencia matemática, aquella que pertinazmente se obceca en que si hay dos personas y una se come dos pollos y la otra ninguno, la estadística dice que se ha comido un pollo cada uno. O sea, considerando que yo no me he zampado ninguno, algún desgraciado lleva trajinados dos en el buche. Pues lo mismo con los artículos, que puestos en papel ocupan casi 800 folios, o sea, que podía haber escrito la tercera parte del Quijote.

Concluyo la estadística y cierro el centenario afirmando que no sabemos que pasará más adelante, que nadie puede predecir el futuro, nadie puede jurar que de tal agua de fuego que me destrozará el hígado no beberé en esta vida, que mi hacienda librará de la plaga de langosta del Fisco, que no cataré el cáliz del sinsabor de una cruda existencia, ni que este cura pederasta y bujarrón no es mi padre. Ninguno estamos a salvo de que nos caiga el mundo encima, de que nos caiga encima una explosiva teutona de henchidas y tentadoras manflas, ni de que descargue su mano de hierro la injusticia en nuestros sencillos corazones.

Mientras nada me lo impida, es decir, mientras la gerencia del periódico me lo permita, mientras no se me apelotone el colesterol en las arterias, mientras nadie me insufle más aire del debido en las gónadas, mientras haya lectores que me sirvan de estímulo y no me arrastren al campanario para arrojarme como a la cabra… yo seguiré aquí al pie del cañón escribiendo al servicio de la verdad, de los lectores y de La Roda.

¡¡¡Viva La Roda, viva La Mancha y viva España!!!